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Cesari Hernandez alertó sobre las nuevas modalidades de estafas: “Tenemos que cuidarnos unos a otros y estar siempre atentos”

El reconocido penalista y ex juez de Instrucción de Río Grande, Dr. Daniel Cesari Hernandez, abordó el crecimiento de las estafas virtuales y telefónicas, con especial atención a la vulnerabilidad de los adultos mayores. Explicó cómo operan los delincuentes, advirtió sobre la utilización de inteligencia artificial para reproducir voces y recomendó establecer mecanismos familiares de verificación ante llamados sospechosos. Además, analizó un reciente enfrentamiento entre policías y delincuentes en La Matanza y desarrolló los alcances de la legítima defensa frente a la utilización de armas de fuego o réplicas.

Río Grande, 30 de agosto de 2026.- El Dr. Daniel Cesari Hernandez, reconocido penalista y ex juez de Instrucción de Río Grande, dedicó buena parte de su columna habitual en “La Mañana de la Tecno”, por Radio Universidad 93.5 MHz, a analizar las estafas virtuales y las distintas modalidades utilizadas actualmente por organizaciones delictivas para obtener información y apoderarse del patrimonio de las víctimas.

El especialista comenzó definiendo jurídicamente la estafa y explicó que su versión virtual no constituye un delito diferente en su esencia, sino una adaptación de una conducta delictiva histórica a las nuevas tecnologías.

“La estafa virtual no es otra cosa más que una estafa. Una estafa es engañar a alguien para que, en base a ese engaño, a ese error, la persona disponga de su patrimonio”, explicó.

Puede tratarse de la entrega de un objeto, dinero o una transferencia bancaria y, por lo tanto, “la estafa siempre es un delito de orden patrimonial que afecta al patrimonio de las personas”.

Cesari Hernandez señaló que los delitos se van modificando a medida que aparecen nuevas herramientas tecnológicas. Así como determinadas conductas delictivas se trasladaron hacia Internet y las redes sociales, las estafas encontraron en las comunicaciones digitales un terreno particularmente favorable.

 

Adultos mayores, uno de los sectores más vulnerables

 

Uno de los puntos centrales de la exposición estuvo relacionado con la vulnerabilidad de quienes tuvieron que incorporar las nuevas tecnologías durante su vida adulta.

Cesari Hernandez observó que actualmente puede ocurrir perfectamente que un niño de diez años maneje una computadora, WhatsApp o las redes sociales con mayor facilidad que una persona de 60 años o más, algo que representa una inversión completa respecto de lo que sucedía décadas atrás.

“Hoy es el niño el que le enseña al adulto a utilizar WhatsApp, a utilizar las redes sociales, incluso a utilizar el mail”, señaló.

La dificultad aparece especialmente entre personas de edades más avanzadas, que pueden no dimensionar las vulnerabilidades existentes detrás de las comunicaciones digitales.

Según explicó, para muchos adultos mayores no existe una diferencia sustancial entre recibir una llamada a través del antiguo teléfono fijo y hacerlo mediante un celular. Esa confianza en la comunicación telefónica puede ser aprovechada por organizaciones delictivas dedicadas a obtener información.

 

Una voz puede convertirse en una herramienta para el engaño

 

El penalista también advirtió sobre las nuevas posibilidades abiertas por la inteligencia artificial.

Indicó que determinadas organizaciones realizan llamados en los cuales simplemente esperan que la persona atienda. Una respuesta tan cotidiana como decir “hola” puede servir para confirmar que la línea está activa y, eventualmente, obtener una muestra de voz.

Cesari Hernandez advirtió que esa voz podría ser utilizada mediante inteligencia artificial para construir posteriormente una conversación simulada.

A ello se suma la facilidad con la cual los delincuentes pueden reunir diferentes datos personales y combinarlos hasta construir una apariencia de legitimidad.

El mecanismo puede comenzar con información aparentemente insignificante. El supuesto representante de una entidad bancaria puede preguntar indirectamente cuál es el banco de la víctima, mencionar números falsos de una cuenta para conseguir que la propia persona los corrija y, progresivamente, obtener los datos necesarios.

“¿Su cuenta es la que termina en 6748? A ver, fíjese. No, no es 6748. ¿Cómo es, señor?”, ejemplificó al describir una de las maniobras.

La víctima, intentando corregir al supuesto empleado, termina proporcionando información que jamás debería haber entregado.

 

Los estafadores vuelven al teléfono fijo

 

Cesari Hernandez destacó además una modificación llamativa en las modalidades utilizadas por los delincuentes.

Durante los últimos años se multiplicaron las campañas preventivas destinadas a advertir que no deben abrirse enlaces desconocidos, fotografías sospechosas, correos electrónicos extraños o mensajes que prometen premios.

Esa prevención produjo cierto nivel de conocimiento entre potenciales víctimas y obligó a los delincuentes a buscar alternativas.

“Como la gente está alertada de que no tiene que abrir un link, de que no tiene que abrir una foto”, algunos estafadores comenzaron a recuperar métodos mucho más antiguos, explicó.

“Vuelven a las fuentes. Están tratando de estafar a la gente a través de las líneas telefónicas comunes”, advirtió.

Precisamente el teléfono fijo puede resultar eficaz para los delincuentes porque muchas personas ya no lo asocian con las estafas informáticas o digitales.

 

Del portero eléctrico a las estafas digitales

 

El ex magistrado recordó que el engaño mediante medios de comunicación domésticos no nació con Internet.

Décadas atrás, especialmente en grandes ciudades, existían delincuentes que recorrían edificios y tocaban diferentes porteros eléctricos hasta encontrar una potencial víctima.

Cesari Hernandez recordó una modalidad reflejada incluso en la película Nueve Reinas: el delincuente se presentaba ante una persona mayor como un supuesto familiar.

“Hola abuela, soy yo”, podía ser suficiente para que la propia víctima preguntara el nombre de alguno de sus nietos.

“¿Daniel?”, ejemplificó. La respuesta del delincuente era inmediata: “Claro, abuela”.

A partir de allí aparecía una emergencia: un automóvil roto, una grúa que debía pagarse o cualquier otra situación que justificara la necesidad urgente de dinero.

El penalista remarcó que las personas mayores no son las únicas vulnerables. También lo es quien carece del conocimiento necesario para reconocer una determinada maniobra.

“Un indefenso es una persona que no tiene conocimiento. Una persona ignorante, una persona que no está instruida, una persona que ha quedado fuera de toda esta evolución en todos los sentidos, es una persona vulnerable también”, sostuvo.

 

La discusión judicial sobre la responsabilidad de la víctima

 

Consultado sobre su experiencia como juez de Instrucción de Río Grande y la existencia de este tipo de causas durante aquellos años, Cesari Hernandez recordó que entonces eran considerablemente menos frecuentes.

También explicó una discusión jurídica que aparece alrededor de determinados casos de estafa.

Según señaló, existe jurisprudencia que considera la conducta de la víctima cuando ésta no tomó recaudos mínimos para comprobar si aquello que le estaban diciendo era verdadero.

El especialista ejemplificó esta posición con situaciones en las cuales una persona entrega voluntariamente información que debería mantener en reserva, como una clave bancaria.

Sin embargo, planteó que la discusión no puede terminar allí, especialmente cuando la víctima pertenece a un sector que encuentra dificultades para comprender las nuevas herramientas.

“¿Cómo hago yo para hacerle entender a un adulto mayor que se le traba la tarjeta en el cajero, que cuando se acerque alguien a darle ayuda, no reciba ayuda?”, preguntó.

Recordó que generaciones anteriores cobraban sus jubilaciones personalmente por ventanilla y eran atendidas incluso por empleados bancarios a quienes conocían. Hoy deben utilizar tarjetas y cajeros automáticos, con una dinámica completamente diferente.

Para Cesari Hernandez, allí existe uno de los grandes problemas de la prevención: “Es muy difícil cuidar a la sociedad del delito informático porque el delito informático se disfraza de algo que la sociedad internamente se niega a perder, y es la confianza en el otro”.

 

El falso accidente que él mismo recibió

 

Para ilustrar hasta dónde puede llegar una maniobra, Cesari Hernandez relató una experiencia personal ocurrida alrededor de 2008 o 2009, cuando residía en Buenos Aires y todavía estaba en actividad en la Fuerza Aérea Argentina.

Recibió un llamado de una persona que se identificó como un principal de la Policía Federal Argentina. Debido a su actividad profesional y a los vínculos que mantenía entonces con fuerzas de seguridad, inicialmente la presentación no le resultó extraña.

El supuesto policía le informó que una mujer había sufrido un accidente y estaba siendo trasladada urgentemente a un hospital. Le aseguraron que necesitaba dinero para afrontar gastos médicos que no eran cubiertos en ese momento.

La intención era que Cesari Hernandez creyera que la víctima era su esposa.

Sin embargo, comenzó a formular preguntas. Cuando preguntó por “Alejandra”, el interlocutor confirmó que ése era el nombre de la mujer accidentada.

 

Su esposa no se llamaba Alejandra.

 

En lugar de confrontar inmediatamente al estafador, utilizó otro teléfono y se comunicó con ella. Ambos tenían previamente acordados mecanismos para actuar frente a una eventual emergencia.

Después de comprobar que se encontraba perfectamente bien, volvió a hablar con el supuesto policía y le informó que había descubierto la maniobra.

El propio delincuente terminó reconociendo el intento de estafa.

Más allá de lo anecdótico del desenlace, Cesari Hernandez utilizó la experiencia para remarcar la importancia de establecer previamente mecanismos de seguridad dentro de las familias.

 

Palabras clave y mecanismos familiares

 

El especialista recomendó que parejas, padres, hijos y demás integrantes de una familia acuerden procedimientos para comprobar rápidamente si una emergencia es verdadera.

Contó que junto con su esposa habían llegado a establecer una palabra clave cuando vivían en un edificio de Buenos Aires.

La medida surgió frente a otra modalidad delictiva frecuente en aquellos años: delincuentes que ingresaban al ascensor junto con una persona y luego la obligaban a conseguir que un familiar les abriera la puerta del departamento.

La pareja había establecido determinadas expresiones cuya utilización advertía al otro que existía una situación de peligro.

Cesari Hernandez consideró que actualmente puede aplicarse una estrategia semejante frente a las estafas telefónicas.

Ante un llamado asegurando que un hijo, pareja, amigo o familiar sufrió un accidente y necesita urgentemente una transferencia, la primera acción debe ser verificar la situación por otro medio y no entregar información.

Una supuesta urgencia médica, una internación, un medicamento o cualquier otro argumento emocional puede ser utilizado para conseguir que la persona actúe antes de comprobar lo ocurrido.

 

“Al que lo estafaron no es un estúpido”

 

Hacia el cierre del segmento dedicado a las estafas, desde la conducción del programa se remarcó la importancia de no responsabilizar o ridiculizar a quien cayó en un engaño.

Cesari Hernandez coincidió con ese planteo.

“Al que lo estafaron no es un estúpido, al que lo estafaron es una persona que se confió porque todavía tenemos ganas de vivir en una sociedad bien”, se señaló durante la conversación.

“Correcto. Y hay malas personas”, respondió el penalista.

La recomendación final fue mantener una prevención compartida dentro de las familias.

“Tenemos que cuidarnos unos a otros y estar siempre atentos nosotros mismos y estar atentos de nuestros adultos y también de nuestros niños”, sostuvo.

Advirtió que los menores, aun cuando tienen un manejo considerablemente mayor de las herramientas tecnológicas, también son vulnerables frente a distintos delitos que se desarrollan a través de Internet y las redes sociales.

 

El caso de Rafael Castillo y la legítima defensa

 

La columna avanzó posteriormente hacia otro asunto jurídico, a partir de un reciente episodio ocurrido en Rafael Castillo, partido de La Matanza, provincia de Buenos Aires.

Cesari Hernandez se refirió a un enfrentamiento en el cual policías de civil que se encontraban dentro de un automóvil fueron abordados por delincuentes armados.

Según repasó durante el programa, se produjo un intercambio de disparos que terminó con delincuentes fallecidos y otros heridos.

El penalista aclaró que la muerte de una persona nunca debería ser motivo de celebración, independientemente de que haya estado cometiendo un delito.

“Particularmente yo no me pongo contento cuando un policía mata a un delincuente. No me pongo contento porque más allá de todo es un ser humano”, afirmó.

Sin embargo, sostuvo que frente a una situación en la cual está en riesgo la vida de policías o ciudadanos, resulta preferible que sobreviva quien está actuando legítimamente.

El debate surgió especialmente porque uno de los jóvenes fallecidos habría utilizado una réplica de un arma.

 

¿Debe un policía esperar a recibir un disparo?

 

Cesari Hernandez planteó entonces uno de los interrogantes centrales de su análisis: qué conducta puede exigírsele a un policía sentado dentro de un automóvil cuando varias personas descienden de otro vehículo y lo apuntan con objetos que aparentan ser armas de fuego.

Según explicó, no existe una obligación de esperar a recibir el primer disparo para recién entonces defenderse.

“La policía no tiene la obligación de esperar que le disparen”, afirmó.

Precisó que existen obligaciones de identificación y procedimientos que deben cumplirse en determinadas circunstancias, pero sostuvo que cuando la agresión resulta inminente el agente puede actuar antes de que el atacante efectúe el disparo.

“Cuando la actitud del delincuente ya es claramente evidente de que está a punto de disparar, el policía puede adelantarse y disparar primero, porque eso es la legítima defensa”, manifestó.

Cesari Hernandez cuestionó además la posibilidad de exigir que, en una situación de extrema tensión y desarrollada en segundos, el policía determine si el arma que tiene delante es verdadera, una réplica, está cargada o tiene capacidad efectiva de disparo.

 

El arma de utilería también agrava el robo

 

Para fundamentar su posición, Cesari Hernandez explicó la diferencia entre hurto y robo.

En términos generales, señaló que existe hurto cuando alguien se apodera de un bien sin ejercer violencia sobre las cosas o las personas, mientras que el robo incorpora precisamente ese componente de violencia.

Romper un vidrio, ejercer violencia física, amenazar o apuntar a una víctima son situaciones que modifican jurídicamente la conducta.

Luego explicó que el Código Penal contempla agravantes cuando intervienen armas y también considera específicamente los supuestos en los cuales se utiliza un arma que no funciona o una réplica.

Para el penalista, esa previsión resulta fundamental.

Si la legislación considera que utilizar un arma de utilería posee suficiente entidad intimidatoria como para agravar un robo, razonó, también debe reconocerse que la persona amenazada puede percibirla como un arma verdadera.

“Si el Código Penal le da tanta entidad al arma de utilería al punto de que el robo con un arma de utilería es un robo agravado, lógicamente, desde mi punto de vista jurídico (…) cuando un policía se enfrenta a un delincuente que viene a pretender atacarlo con un arma de utilería, se puede defender con el arma de fuego”, sostuvo.

 

“La legítima defensa no exige proporcionalidad”

 

Cesari Hernandez también hizo especial hincapié en un concepto que, según indicó, suele interpretarse incorrectamente.

“La legítima defensa no exige proporcionalidad. Eso es mentira jurídica. Lo único que exige es necesidad racional”, aseguró.

Explicó que el análisis debe determinar si aquello que hizo la persona para defenderse era razonablemente necesario frente a la agresión que estaba sufriendo.

La pregunta jurídica, según sintetizó, consiste en establecer si existía otra alternativa razonable.

“¿Podría haber hecho otra cosa el policía? Si la respuesta es que sí, no hay legítima defensa. Si la respuesta es que no podía haber hecho otra cosa más que matar, estamos dentro de una legítima defensa”, expresó.

 

Inteligencia artificial y administración de Justicia

 

En otro tramo de la conversación, el penalista relacionó el debate con el creciente uso de la inteligencia artificial.

Cesari Hernandez consideró que estas herramientas pueden colaborar con jueces, fiscales y profesionales, pero rechazó la posibilidad de que sustituyan completamente el componente humano de la administración de Justicia.

Para utilizar adecuadamente la inteligencia artificial, sostuvo, primero es necesario contar con formación y capacidad para interpretar sus resultados.

“No se trata solamente de que un fiscal o un juez le diga a la inteligencia artificial: tengo este caso (…) ¿qué hago? ¿Lo meto preso o lo dejo en libertad?”, ejemplificó.

Según expresó, ninguna máquina puede experimentar el miedo de una persona que está siendo apuntada con un arma, el dolor frente a la pérdida de un familiar o los sentimientos que atraviesan las decisiones humanas.

“Ninguna inteligencia artificial va a poder suplantar lo que transforma al ser humano en un ser humano, y es la emoción, el sentimiento humano”, sostuvo.

Por esa razón, consideró indispensable que al administrar Justicia nunca se pierda de vista que quien está siendo juzgado también es una persona y que las decisiones adoptadas durante una situación extrema deben analizarse contemplando las circunstancias concretas en las cuales ocurrieron.

La extensa columna cerró retomando la necesidad de prevención frente a las nuevas tecnologías y anticipando otro debate relacionado con ellas: las eventuales restricciones al acceso de niños y adolescentes a determinadas redes sociales, una discusión que actualmente se desarrolla en distintos países y que Cesari Hernandez propuso abordar próximamente en Radio Universidad.

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