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Cuando la mentira es la verdad

(*) Por Sergio Osiroff

Un viejo amigo de la pesca, a quien no conozco personalmente sino a través de años de comunicaciones puente a puente, me contactó por una red social, después de no tener idea el uno del otro por más de veinticinco años.

Amigo de la pesca significa que nos gustaba coincidir en el mar con nuestros buques, y hasta trabajar juntos, pero no que por ello evitáramos mentirnos u ocultarnos información. Al contrario, los buenos amigos deben mentirse, con la dignidad de quien sabe que la verdad, al menos en la actividad pesquera, es algo que debe inferirse, no esperar a que a uno se la den servida en bandeja. Después de todo, o mejor dicho antes que todo, todos vamos por los mismos recursos.

Amigos que dicen toda la verdad, no son amigos sino gente tendenciosa y de peligro, proclive a difundirla a todo el mundo. Bastante carga tiene uno con soportar a empresarios, lo mismo que al jardín de infantes –con ínfulas y poder– como lo es el Estado administrador e investigador de la pesquería, como para además tener que jugar de inocente frente a los colegas con quienes disputamos por idénticos cardúmenes.

Y hablamos de gente tendenciosa, porque es propio de una mirada sesgada suponer que todo el mundo es igualmente bueno, en un mundo acuático en que los recursos son limitados. Parte del trabajo es descifrar lo que hacen los demás y cómo les va con las capturas, no suponer que nos van a blanquear su suerte e intenciones en forma gratuita.

 

Mentíos los unos a los otros

 

Un buen pescador debe cumplir, ante todo, con el mandamiento de decir que nunca miente. Tanto como un político, que nunca roba. Al contrario, el mandamiento político debería ser robar, a condición de que se lo haga bien. Y también debe mentir. Políticos que no roban como es debido y además son veraces, se erigen en monstruos peligrosísimos. Niños caprichosos que, en el barro de intereses, pretenden chapotear sin ensuciarse y ensayar salidas ideales, conduciendo al desastre general y a vender y disgregar al país por chirolas. Un ciudadano de principios debe ser consciente de su valor de intercambio, y jamás permitir ser vendido por poca cosa.

 

Cuestión de fe

 

La amistad se generaba entonces en charlas que nada tenían que ver con la actividad que desarrollábamos. Cada noche, desde las veintidos hasta las dos hablábamos muy poco. Mientras buscábamos marca en la ecosonda y estudiábamos los rasgos y dureza del fondo, indagando dónde realizar el primer lance de pesca de la mañana, la radiofonía comercial era una gran compañía. Yo escuchaba “Nimo no perdona” y “La hora de Bilardo”, el gran filósofo contemporáneo. Él, en cambio, a partir de medianoche se dedicaba a “La venganza será terrible”, de Dolina. En el entretanto de nuestras audiciones preferidas, barríamos la banda de frecuencias usando otros equipos de radiocomunicaciones del puente, a la pesca de los secretos que, en confianza, podían llegar a intercambiar sigilosamente los demás buques. Los buenos pescadores no solo buscan peces con la ecosonda, sino también con la radio. Siempre puede haber un momento de flojera entre mentirosos profesionales, un instante de fe que genere la seguridad de que no habrá nadie escuchando. La fe puede promover la pérdida de astucia. Y perturbar las obras.

 

Noches llenas de Virgilio

 

A las dos empezábamos a hablar, y era allí cuando se daban las charlas que de algún modo matizaban esa vida de buscadores de pescado en noches interminables, que se sucedían unas a otras. Nos descubrimos recíprocamente como tipos afectos a la lectura, costumbre que yo apuntalaba a bordo, más que por gusto, por escapar de ese mundo en el que estaba obligado a ganarme el puchero y andar interminablemente lejos de mis hijas. Le debo a la pesca mucha literatura, lamentablemente de la buena. En especial, el descubrimiento de clásicos que me habían resultado indigeribles durante mi paso por el sistema educativo oficial. Aquellos libros que de estudiante me produjeron dispepsia, la pesca me los devolvió con otro sentido.

En aquel entonces yo estaba a pleno con Borges. Ese Borges que, según Osvaldo Soriano, “hizo más que nadie para que el castellano pudiera expresar aquello que hasta entonces sólo se había dicho en latín, en griego, en el árabe de los conquistadores y en el atronador inglés de Shakespeare”. No había una sola marea en que no embarcara con un tomo de sus obras completas. A ellas, y bajo su influencia, le sumaba obras clave de Shakespeare. Ricardo III, Hamlet, Rey Lear y Macbeth, entre otras, a las que releía una y otra vez. Otro tanto Virgilio, también por influencia borgiana.

A la distancia, no entiendo cómo sobreviví. Supongo que los simultáneos Inodoro Pereyra, Nippur de Lagash, El Eternauta, más bastantes horas de tango y cumbia, obraron de salvavidas.

 

Inculto

 

Mi amigo no compartía aquella pasión por nuestro gran referente literario ni por el bardo. Él me hablaba del barroco español, particularmente de Cervantes y Quevedo. Cuando le hablé de Shakespeare y su absoluta preeminencia sobre Cervantes, me respondió –desdeñosamente– que Harry Potter es la obra cúspide de la literatura inglesa. Pensé que deseaba reírse solapadamente de mí, aunque su postura me intrigaba. Sinceramente, atribuía su afición por el barroco a su escasa formación académica, ya que era un hombre que, apenas con primaria completa, había recalado en Mar del Plata como albañil, para darse finalmente al mar sin otra vocación que ganarse la vida como mejor pudiera. Su falta de escuela y de lectura sistemática, aún con las indigestiones incentivadas por la educación oficial, lo habían privado, ante mi vista, de conocer la riqueza literaria del canon literario occidental. Su hablar, a veces rústico, delataba esa carencia de instrucción formal.

Podía comprender que un hombre sin educación se aficionara a la lectura, más tratándose de un pescador, con tiempos infinitos de estar en soledad y necesidad de matizar las horas. Pero era rarísimo que un pescador se dedicara a los clásicos y, mucho menos, al barroco.

 

Shakespeare, autor del Quijote

 

Por él me enteré de la existencia del “Quijote de Avellaneda”, una parodia anónima del original, publicada en vida de Cervantes. Según sus conjeturas, sus autores eran el propio Cervantes, o Shakespeare.

El Manco –siempre conforme a su presunción–, porque era lo suficientemente zorro como para hacer una caricatura burda de su propia obra, de autoría irreconocible en su escritura, en anticipación premeditada a la segunda parte que ya venía elaborando. Una parodia que urgiera el interés por la segunda parte del Quijote.

En el caso de Shakespeare, aún siendo más aventurado –racionalmente, más que improbable–, porque el inglés tenía plenas condiciones para elaborar esa burla, explotando al máximo su capacidad creativa y narrativa. De este modo, el Quijote de Avellaneda no solo habría sido la única novela de Shakespeare, sino que el anonimato terminaría privando, a la literatura inglesa, de su mayor obra de ficción de todos los tiempos. Según él, mejor incluso que Harry Potter o los relatos de la circunnavegación de Francis Drake. Demasiado intrincado para mí, y no abundo para no hacer más pesada esta nota.

 

Juego limpio

 

Una noche, como tantas, coincidimos con lecturas cervantinas. El andaba con “El coloquio de los perros”, obra de la que yo únicamente recordaba el tedio y, acaso, su estupidez. Animales que no tenían la altura imaginativa de “Rebelión en la granja”, a la que consideraba infinitamente superior. Yo estaba con “Pier Menard, autor del Quijote”, de Borges, que me regocijaba en la convicción de que la principal obra de Cervantes no era sino fruto de la casualidad, toda vez que, queriendo construir una burla de libros de caballería, le había salido bien un estereotipo hispánico de hidalguía y lucha inclaudicable en pos de sueños de justicia. Un ibérico Batman, honorable y fallido, del siglo XVII.

– Vos que escuchás tanto a Bilardo, ¿no sabés lo que dijo del fair play? – me largó en un comentario que no entendí bien qué tenía que ver con lo que tratábamos.

Recordaba vagamente esas sentencias del Doctor, que ahora reproduzco textualmente (tomadas de la nube): “Muchachos, puede que la copa no la ganemos, porque pueden pasar muchas cosas. Pero si ganamos el premio fair play, los echo a todos”. “Al contrario no hay que darle ni agua. El fair play es un invento de los británicos”.

No entendí exactamente a dónde apuntaba, pero algo intuí.

 

Revelación

 

Al llegar a puerto, la agencia marítima trajo un paquete a mi nombre, dejado por mi amigo, que había desembarcado semanas atrás de licencia. Era una edición barata del Quijote, junto a una nota manuscrita, que no conservo pero tenía algunas recomendaciones. Entre éstas, recuerdo la de destruir el libro a fuerza de anotaciones y resaltados, poniendo énfasis en algunas cosas. Por ejemplo –entre las que memorizo– tomar nota de la cantidad de veces que Sancho afirma ser cristiano viejo, o de los curas que huyen, las propias excusas del caballero para abandonar a Sancho en alguna paliza, las burlas interminables de los condes, el buen juicio del escudero en su gobierno de la Ínsula Barataria, etc.

El resultado fue descubrir a Don Quijote, como si fuera una revelación. De golpe, Sancho no era un analfabeto bruto a la búsqueda de ejercitar torpezas, sino un hombre de familia, capaz de extrañar y llorar, atento a sus necesidades materiales. Un cristiano viejo que, de tanto repetirlo, parecía querer decir otra cosa. Los condes eran vagos sempiternos, sin otro mérito que haber nacido aristócratas y con disponibilidad de gente y recursos como para pasarse días haciendo bromas a un loco, en vez de dedicar su tiempo a trabajar. El hidalgo ya no era el paradigma de virtud alguna, pese a sus buenos discursos en momentos de lucidez, sino alguien destinado a chocar una y otra vez contra la realidad.

 

La única verdad, es la realidad

 

No coincidimos por bastante tiempo en el mar, hasta que nos reencontramos. Por lógica, me preguntó por mi lectura del Quijote, al que había devorado siguiendo sus recomendaciones. Admití mi revelación, como si el mundo y, dentro de él yo mismo, ya no fuéramos los mismos que antes.

Una noche, en que la búsqueda no auguraba un buen día de pesca, me llamó por teléfono satelital, cosa que nunca hizo antes. Me pasó directamente las coordenadas en que había encontrado marca en la ecosonda, y me dio instrucciones para desorientar al resto de los buques: mantenernos lejos y simular que seguíamos explorando, a baja velocidad, hasta el momento de acercarnos rápidamente al punto, inmediatamente antes del crepúsculo. Fue un buen día de pesca.

“El mundo es material, mal que nos pese. Si estuviera hecho de ideas no nos mentiríamos”, me dijo. “Ahora que entendiste a Sancho, vamos a empezar a trabajar juntos en serio. Vos sos pescador. Para jugar de Quijote, hacete investigador o funcionario pesquero, así te asegurás el puchero”.

Él era, como expliqué, un viejo albañil que había encontrado en la pesca su supervivencia. Yo, un Capitán de Pesca y Ultramar, además de Ingeniero Pesquero recibido con medalla de oro. Un graduado de múltiples titulaciones, diplomas y honores. Salvo el honor de ser buen pescador.

He aprendido más de la gente de oficio que de muchos sabedores con diploma.

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