Por Maximiliano Ripani (*)
Si usted tiene más de 40 años, probablemente creció en un mundo donde la palabra “pantalla” significaba televisión. El teléfono estaba fijo en la pared, las fotos se revelaban en papel y los amigos se encontraban en la vereda o en el club. Hoy sus hijos, y más aún sus nietos, viven en un universo distinto. Se relacionan, juegan, aprenden y se entretienen en un espacio que no tiene fronteras físicas: el mundo digital. Redes sociales, videojuegos online, plataformas de video, chats, aplicaciones que cambian cada seis meses. Todo sucede a una velocidad que muchas veces nos deja atrás.
Es normal sentirse desorientado. También es normal sentir miedo. Pero la solución no es prohibirlo todo ni ignorarlo. La clave está en conversar.
Hablar de seguridad digital no es dar un discurso técnico. Es construir confianza. Es lograr que cuando algo incomode, asuste o confunda a su hijo o nieto, usted sea la primera persona a la que acuda. Y eso empieza por entender que el mundo digital, para ellos, no es “virtual”. Es real. Cuando un adolescente recibe un comentario hiriente en redes sociales, no lo vive como algo abstracto. Lo siente igual que una burla en el patio del colegio. Cuando un niño juega online con otras personas, para él no son simples avatares: son compañeros de juego. Cuando comparte una foto, no piensa en servidores ni en privacidad; piensa en pertenecer.
Por eso la conversación debe comenzar desde el respeto. No desde la descalificación. Frases como “eso es una pérdida de tiempo” o “todo eso es peligroso” suelen cerrar puertas. En cambio, preguntar con curiosidad genuina abre espacios. ¿Qué juego estás usando ahora? ¿Quiénes juegan contigo? ¿Qué es lo que más te gusta de esa red social? Cuando un adulto muestra interés sin juicio, el chico baja la guardia. Las redes sociales son uno de los temas que más inquietan a padres y abuelos. Y con razón. Allí se comparte información personal, fotos, opiniones. Se construye una imagen pública que muchas veces no se dimensiona. Sin embargo, el enfoque no debería ser el miedo constante. Debería ser la conciencia.
Una buena forma de empezar es con algo simple: explicar que internet tiene memoria. Que lo que se publica puede quedar circulando mucho más tiempo del que uno imagina. No hace falta hablar de algoritmos ni de bases de datos. Basta con una idea clara: antes de publicar algo, conviene preguntarse si uno estaría cómodo viéndolo dentro de diez años. También es importante transmitir la idea de límites. No todo debe compartirse. Dirección, rutinas diarias, información íntima, datos familiares. Muchas veces los chicos no lo hacen por descuido sino porque nadie les explicó el riesgo. En lugar de imponer reglas sin contexto, es más efectivo contar historias. Casos reales. Noticias que hayan visto. Explicar que no todas las personas en redes son quienes dicen ser. Que la apariencia de cercanía no garantiza buenas intenciones.
Y aquí aparece un punto clave: no demonizar internet, pero tampoco idealizarlo. En el mundo físico enseñamos a nuestros hijos a no hablar con desconocidos en la calle. No porque todos sean peligrosos, sino porque la prudencia protege. En internet la lógica es parecida. No se trata de generar paranoia, sino criterio. Los videojuegos online merecen un capítulo aparte. Para muchos adultos, ver a un chico con auriculares frente a una pantalla puede parecer aislamiento. Pero en muchos casos, el juego es una forma de socialización. Hablan, cooperan, compiten, se organizan. El riesgo no está en el juego en sí, sino en la falta de supervisión y diálogo.
Es útil preguntar qué tipo de juego es, con quién interactúan, si hay chat abierto con desconocidos. Algunos juegos permiten compras internas con tarjeta de crédito. Otros exponen a conversaciones con personas adultas que se hacen pasar por menores. Sin convertirnos en vigilantes permanentes, podemos establecer acuerdos claros. Por ejemplo, que las compras online se consultan antes. Que, si alguien en el juego hace una propuesta incómoda, se conversa en casa. Que los dispositivos no están aislados completamente del espacio familiar. Cuando el diálogo es constante, el chico no siente que está siendo investigado, sino acompañado.
La privacidad es otro concepto difícil de transmitir, porque para las nuevas generaciones la exposición es parte de la vida cotidiana. Suben fotos, comparten estados, muestran lo que comen, dónde están, con quién.
En lugar de criticar, conviene reflexionar juntos. Preguntar: ¿te gustaría que cualquiera pudiera ver esto? ¿Sabes quién puede acceder a tu perfil? ¿Revisaste la configuración de privacidad? Muchas veces ellos saben más sobre tecnología que nosotros. Pero no siempre tienen la experiencia para anticipar consecuencias. Aquí el rol del adulto no es técnico, es formativo. No necesitamos saber cómo funciona cada aplicación. Necesitamos transmitir valores: respeto, prudencia, empatía.
Un buen ejercicio es invertir los roles por un momento. Preguntarles cómo se sentirían si alguien compartiera una foto suya sin permiso. O si recibieran un mensaje agresivo. Esa empatía ayuda a comprender la importancia de cuidar lo que se publica. El tiempo de pantalla es probablemente el tema que más tensiones genera en casa. Antes la discusión era sobre la televisión. Hoy la pantalla está en el bolsillo. Y eso cambia todo. El problema no es solo cuánto tiempo pasan frente al dispositivo, sino qué dejan de hacer por estar allí. Dormir menos, moverse menos, estudiar menos, conversar menos.
Aquí es importante evitar extremos. Ni libertad absoluta ni prohibición rígida.
Los acuerdos familiares suelen funcionar mejor que las órdenes unilaterales. Definir horarios sin pantallas en la mesa. Establecer momentos de desconexión antes de dormir. Promover actividades al aire libre o encuentros presenciales.
Pero también dar el ejemplo. Es difícil pedir moderación si el adulto revisa el teléfono constantemente. La coherencia pesa más que cualquier sermón.
Un tema delicado, pero necesario, es el del contenido inapropiado. La exposición puede ser accidental o intencional. En lugar de evitar el tema, conviene abordarlo con serenidad. Explicar que, si algo aparece en la pantalla y genera incomodidad, no deben sentir vergüenza de contarlo.
El miedo al castigo es uno de los mayores obstáculos para que un chico hable. Si sabe que la reacción será enojo o prohibición inmediata, probablemente calle.
La confianza se construye mostrando que lo importante no es sancionar, sino proteger. También es fundamental hablar del respeto hacia otros en el entorno digital. El anonimato puede generar conductas que no tendrían cara a cara. Burlas, comentarios agresivos, difusión de rumores.
(*) Maximiliano Ripani integra Solution Architect & Pre-Sales Engener en ZMA IT Solutions.


















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