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Infancias bajo presión. Cuando el estrés adulto se disfraza de trastorno infantil

Por la Dra. Florencia Sanabria (*)

Hay una escena que se repite con demasiada frecuencia: un niño pequeño no tolera una transición, llora, rechaza un alimento, duerme mal, no quiere entrar a una actividad o no responde como el adulto esperaba. A los pocos minutos, la pregunta ya no es qué le está pasando, sino qué trastorno tendrá. En una época dominada por la prisa, la infancia empezó a ser leída con la misma ansiedad con la que los adultos viven sus agendas. El malestar dejó de ser una señal para comprender y se convirtió, muchas veces, en una etiqueta para resolver rápido.

El problema no es buscar ayuda. El problema es que la búsqueda se vuelva desesperada, fragmentada y sin conducción médica. Cambios de leche sin indicación, dietas restrictivas sin evaluación nutricional, suplementos comprados por recomendación de otras madres, eliminación de gluten, caseína, azúcar o grasas sin diagnóstico, y una sucesión de terapias que ocupan la vida entera del niño. Todo aparece como una promesa de solución inmediata. Pero la infancia no responde bien a la lógica del apuro.

En mi libro El niño bajo presión trabajo precisamente esta idea: el niño actual está siendo observado, medido, comparado y exigido de manera permanente. A los dos años, muchas familias sienten que ya debería reconocer letras, hablar con fluidez, ordenar colores, socializar sin dificultad, tolerar cualquier cambio, comer variado, dormir perfecto y rendir como si su cerebro estuviera terminado. Pero el cerebro infantil no nace listo. Se construye con tiempo, vínculo, repetición, descanso, juego libre, regulación afectiva y un ambiente que no lo invada.

Las redes sociales profundizaron esta presión. Allí se muestran niños que leen antes de los tres años, que hablan en dos idiomas, que hacen deportes, música, estimulación, terapia ocupacional, fonoaudiología, psicopedagogía, natación, inglés y danza en una misma semana. La imagen editada de una infancia brillante termina funcionando como una amenaza silenciosa para otras madres: si mi hijo no hace todo eso, algo está mal. Así, el desarrollo deja de ser un proceso y se transforma en una carrera pública.

El estrés adulto se proyecta sobre el niño. La angustia materna, la comparación permanente, el miedo a llegar tarde y la sobreinformación generan una búsqueda compulsiva de respuestas. Una madre escucha que otra cambió la leche y su hijo mejoró. Otra lee que un suplemento ayuda al lenguaje. Otra ve un video que promete desinflamar el cerebro con una dieta. Y entonces empieza una cadena de decisiones sin evaluación clínica: se quita un alimento, se agrega otro producto, se modifica la rutina, se introduce una terapia, se exige más estimulación.

Esto no es inocuo. Una dieta sin control puede generar déficits nutricionales, pérdida de peso, empeoramiento de la selectividad alimentaria, mayor rigidez conductual y conflictos familiares alrededor de la comida. Un cambio de leche sin criterio puede alterar el aporte de grasas, proteínas, calcio o micronutrientes. Un suplemento mal indicado puede interferir con medicación, provocar síntomas gastrointestinales, alterar el sueño o generar una falsa sensación de tratamiento. En niños pequeños, cada intervención debería tener una razón, un objetivo y un seguimiento.

También debemos revisar la tendencia a transformar todo estrés infantil en trastorno. Un niño que no tolera una agenda cargada puede no tener un nuevo diagnóstico: puede estar agotado. Un niño que no quiere ir a múltiples actividades puede estar saturado. Un niño que llora al separarse puede estar mostrando ansiedad esperable según su edad y su historia. Un niño que no habla fluidamente a los dos años necesita evaluación, sí, pero no necesita ser comparado con videos virales ni sometido a una presión que aumente su angustia.

El diagnóstico médico serio no se opone a la sensibilidad. Al contrario: permite diferenciar cuándo hay una enfermedad, una condición del neurodesarrollo, un trastorno del lenguaje, una alteración metabólica, una dificultad sensorial o simplemente un niño exigido más allá de sus posibilidades madurativas. Lo que daña no es diagnosticar; lo que daña es etiquetar sin comprender, intervenir sin ordenar y convertir la vida del niño en una lista interminable de correcciones.

En El niño bajo presión propongo detenernos antes de actuar. Antes de suplementar, preguntar: ¿hay una deficiencia demostrada? Antes de restringir alimentos: ¿hay diagnóstico, laboratorio, síntomas claros, seguimiento nutricional? Antes de sumar actividades: ¿el niño tiene tiempo para jugar, aburrirse, descansar y estar en casa? Antes de exigir lenguaje perfecto: ¿estamos respetando su ritmo y evaluando con criterio, o estamos respondiendo al miedo que nos generan las redes?

La infancia necesita adultos que regulen, no adultos que entren en pánico. Necesita profesionales que indiquen con prudencia, no mercados que vendan soluciones mágicas. Necesita madres acompañadas, no culpabilizadas. Y necesita una sociedad capaz de entender que no todo comportamiento infantil es un trastorno, no toda dificultad se resuelve con suplementos y no todo niño necesita más estimulación. A veces necesita menos presión, menos vidriera y más tiempo real de infancia.

 

(*) La Dra. Florencia Sanabria es médica especialista en Neuro Desarrollo para Niños y Adolescentes.

 

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