Setenta y seis años después de su desaparición, el bombardero de la Fuerza Aérea Argentina sigue planteando preguntas sin respuesta. Los restos aparecieron, pero los tripulantes nunca. Entre glaciares en movimiento, hallazgos inesperados y una imagen inquietante de la tripulación con paracaídas, el misterio permanece abierto en el extremo sur del mundo.
Río Grande (Ramón Taborda Strusiat).- El 22 de marzo de 1950, tres bombarderos Avro Lincoln despegaron desde Río Gallegos rumbo a Ushuaia en una misión de exploración y entrenamiento. Eran los B-013, B-019 y B-026. Lo que debía ser una rutina aérea terminó convirtiéndose en una de las tragedias más enigmáticas de la aviación militar argentina.
A medida que las aeronaves se internaban en el cielo fueguino, el clima se volvió implacable: nubes cerradas, turbulencias intensas y visibilidad prácticamente nula. Ante ese escenario, dos de los aviones decidieron regresar. El tercero, el Avro Lincoln B-019, comandado por el capitán Bautista Faustino Mendioroz, continuó. Minutos después, el silencio.
El último contacto radial lo ubicaba en las inmediaciones del Lago Fagnano. Luego, la nada. A bordo viajaban once tripulantes. Nunca más se supo de ellos.
Una tripulación que quedó en la historia
El B-019 transportaba a once hombres de la Fuerza Aérea Argentina:
Capitán: Bautista Faustino Mendioroz.
Primer Teniente: Raúl Juan Zarzuela.
Tenientes: Emilio Barrios y Marcos Carlos Modolo.
Suboficiales Auxiliares: José Enrique Marcuzzi y José Antonio Bianchi.
Sargentos: Adrián Enrique Heynen, Adelmo Carmen Amoroso y Héctor Oscar Ibáñez.
Cabos Mayores: Federico Nicolás Pacheco y Humberto Francisco Losardo.
Tras la pérdida de contacto, se desplegó un amplio operativo de búsqueda con aeronaves militares —incluyendo otro Avro Lincoln, un DC-3 y un AT-11—, pero los esfuerzos resultaron infructuosos. Días después, el avión fue oficialmente declarado desaparecido.
Décadas de silencio en la Cordillera Darwin
Durante más de tres décadas, el B-019 permaneció oculto en uno de los territorios más hostiles del planeta: la Cordillera Darwin, en el extremo sur de Tierra del Fuego.
Recién en 1983, un grupo de montañistas de la Universidad de Magallanes divisó restos metálicos en las cercanías del glaciar Roncagli, a pocos kilómetros del fiordo Almirantazgo. El hallazgo confirmaba el accidente, pero no explicaba lo ocurrido.
Las condiciones del terreno —glaciares activos, grietas profundas y clima extremo— impidieron durante años avanzar en la recuperación.
El hallazgo que profundizó el misterio
Entre 2009 y 2011, nuevas expediciones en la zona del fiordo Parry lograron identificar con certeza restos del avión. Pero lo que parecía el cierre de una historia terminó abriendo otra aún más desconcertante.
Se hallaron restos óseos. Las familias, después de décadas de espera, creyeron estar cerca de recuperar a sus seres queridos.
Sin embargo, los análisis de ADN revelaron una verdad inesperada: esos restos no pertenecían a la tripulación.
Correspondían, en realidad, a antiguos pobladores originarios —posiblemente de los pueblos kawésqar o yámana— con una antigüedad estimada de unos 300 años.
El misterio no solo seguía intacto. Se volvía más profundo.

Fotografía tomada en la morrena del Glaciar Roncagli tras nuestra Ceremonia de Despedida, la cual resume nuestra intención tras el accidente del avión. (Fuente: https://avrolincolnb019.wordpress.com/).
El hielo que borra huellas
La hipótesis más aceptada apunta al comportamiento del propio entorno. Los glaciares de la zona, como el Roncagli, están en constante movimiento.
Ese desplazamiento podría haber arrastrado los cuerpos hacia grietas profundas o incluso hacia el mar, ocultándolos de forma definitiva bajo toneladas de hielo.
Aún hoy, el glaciar continúa liberando fragmentos del avión, como si el tiempo avanzara hacia atrás, devolviendo lentamente piezas de una tragedia congelada.
Una despedida sin certezas
En 2015, a 65 años del accidente, la Comisión de Familiares de los Tripulantes realizó una ceremonia de despedida sobre la morrena del glaciar Roncagli, en territorio chileno.
Allí, en el mismo escenario donde el avión encontró su destino, levantaron una cruz y dejaron una inscripción que resume el espíritu de aquel acto:
“Honramos su fallecimiento, en ofrenda de paz y hermandad con el pueblo chileno”.
Fue, para muchos, un cierre emocional. Pero no histórico.
La imagen que inquieta: ¿saltaron al vacío?

En una imagen antigua vemos a la tripulación del Avro Lincoln B-019 subir al avión con paracaídas ¿se habrán arrojado en vuelo?
Existe una fotografía previa al vuelo que muestra a la tripulación del B-019 subiendo al avión con paracaídas.
Ese detalle, aparentemente rutinario en operaciones militares, abre una pregunta inevitable que atraviesa generaciones: ¿Intentaron arrojarse en pleno vuelo?
Si las condiciones meteorológicas se volvieron extremas, si el avión perdió control o sufrió una falla, la posibilidad de un abandono en emergencia no puede descartarse.
Pero si eso ocurrió, ¿por qué nunca aparecieron los cuerpos? ¿Fueron absorbidos por el glaciar? ¿Cayeron en zonas inaccesibles? ¿O el impacto fue tan repentino que no hubo tiempo de reacción?
No hay registros concluyentes. Solo hipótesis.
Un enigma abierto en el fin del mundo
El Avro Lincoln B-019 —una evolución del célebre Lancaster de la Segunda Guerra Mundial— quedó atrapado para siempre en uno de los paisajes más inhóspitos del planeta.
Hoy, sus restos dispersos entre el glaciar Roncagli y el fiordo Parry son testigos silenciosos de un vuelo que nunca llegó a destino.
Pero la pregunta central sigue intacta: ¿Dónde están los once tripulantes argentinos?
En el extremo sur del mundo, donde el hielo puede guardar secretos durante siglos, el misterio del B-019 continúa suspendido entre la historia, la naturaleza y el silencio.
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