Por Fabio Seleme
La Patagonia, con su superficie despojada y frágil, parece hecha para que el tiempo y el riesgo no tengan dónde ocultarse. Todo está expuesto en una piel mineral desnuda, como memoria o latencia. La abrumadora hostilidad del clima y el viento no dan lugar a que haya espesura que cubra ni abundancia dinámica que solape. Y en esa intemperie se revela tanto lo que ocurrió como lo que todavía puede ocurrir: desde suelos basálticos generalizados que atestiguan la actividad volcánica más colosal del planeta a través de fisuras kilométricas, hasta rodados infinitos que hablan de una actividad glaciaria monumental.
Pensada así, la estepa deja de funcionar como paisaje para volverse una membrana tensa; un dispositivo que renuncia a la protección del follaje para registrar, con una honestidad extrema, la caligrafía de las fuerzas creadoras más brutales. Aquí, donde no hay refugio ni para el cuerpo ni para la mirada, donde el horizonte se extiende como una promesa que siempre retrocede, el suelo es en realidad un palimpsesto de catástrofes.
Volcanes y cráteres de meteoritos lo atestiguan. El peligro que asciende desde el interior de la Tierra y el que desciende desde el espacio exterior se corporizan en esta geografía abierta. En términos de significación cósmica, la Patagonia es una zona de contacto entre fuerzas que operan en una verticalidad absoluta. Mientras el habitante camina en una horizontalidad engañosa persiguiendo el horizonte, su existencia queda atravesada por esta cruz de potencias: lo que bulle debajo y lo que se desplomó desde el cenit. La mirada se pierde en la lejanía, pero el peligro acecha desde arriba y desde abajo, desde lo que no se ve pero subyace o nos orbita.
En el norte neuquino, el Domuyo —»el que tiembla y rezonga», según la memoria ancestral—, pico más alto de la Patagonia, continúa elevándose casi quince centímetros por año, recordándonos que la tierra respira y empuja desde abajo. El Domuyo no es una montaña concluida, sino un crecimiento en curso; un edificio que todavía se construye a sí mismo. Bajo sus laderas, el agua hierve: géiseres que irrumpen como escapes súbitos y fumarolas que exhalan vapores sulfurosos, como un animal pavoroso que aún no termina de despertar. Más al oeste, el Copahue confirma que el fuego no es recuerdo fósil sino presente activo: su cráter siempre inestable, su laguna ácida donde el calor se visibiliza en nieblas y resplandores, son la prueba de que el magma no es un contenido sellado sino una víscera viva que se retuerce en las profundidades y se replica en una constelación de campos volcánicos —mesetas basálticas, conos de retroarco y cráteres dispersos— que se extienden por toda la Patagonia, desde Pali-Aike hasta Basalto Cráter.

Pero si el subsuelo arde, el cielo también se refleja caído. Los campos de distribución meteórica inscriben otra violencia. Los astroblemas recuerdan los objetos estelares que se estrellaron, anacronismos materiales que rompen la ilusión del aislamiento terrestre. En Bajada del Diablo, con más de cien cráteres en un área relativamente pequeña, es como si una «metralla estelar» o una «lluvia de fuego» hubiera acribillado el lugar. También en Bajo Hondo y Pozo de Gualicho, los hundimientos hablan de la violencia de los impactos, de esa fuerza venida desde lo alto que perforó la corteza como si buscara meterse en las entrañas. Pero no están solos: la Patagonia está sembrada de formas circulares —depresiones, anillos, cráteres erosionados— donde la superficie conserva la huella de un golpe que a veces puede afirmarse y otras apenas sospecharse, como si el cielo hubiera insistido en marcar la tierra sin dejar siempre pruebas concluyentes.
El hierro venido de las estrellas reposa junto a la piedra volcánica, como si ambas violencias se reconocieran en el suelo patagónico. El fuego exterior no es ajeno: es la misma sustancia que compone la corteza. El hierro estelar y el hierro magmático se reconocen en la superficie como hermanos que han seguido trayectorias inversas —uno desde el vacío, otro desde el núcleo— para encontrarse en la misma latitud de desolación. La Patagonia es el lugar donde el cosmos se reencuentra consigo mismo, donde lo que explotó allá arriba y lo que hirvió allá abajo no se reconcilian del todo, sino que sostienen una tregua siempre inestable.
Esa unión se encarna en el Cherufe, la entidad mapuche de piedra ígnea que habita el corazón de los volcanes pero que, en la memoria antigua, es también un fragmento de estrella desplomado. El Cherufe es el mediador de esta violencia vertical: una criatura de lava que precipitó del abismo celestial para sepultarse en las profundidades, fundiendo en su cuerpo mineral los dos orígenes del fuego.
Esa caída no fue solo geológica. Entre los tehuelches o aónikenk, en las cercanías del Río Senguer, una roca llegada desde el cielo, nombrada como “Káper-ka-uátr” (piedra del cielo) y venerada como sagrada, fue parte de su mundo. Es el mismo meteorito que Francisco Pascasio Moreno extrajo de su territorio para confinarlo en el Museo de La Plata, arrancándolo no solo de la tierra sino de su trama significante. Al tocarla, los antiguos pobladores no establecían un vínculo abstracto con lo alto: reconocían una agencia propia en la materia. Piedra mujer, el meteorito no era un objeto inanimado, sino un ente con aike —»lugar», «morada», «paradero de poder»— que convertía a la estepa en un mapa de potencias espirituales. El impacto abrió no solo la tierra, también abrió el sentido. Para aquellos pueblos, el cielo no era un vacío pasivo sino una dimensión poblada de intenciones, y la roca caída era un mensaje, una visita, una presencia que exigía ser cuidada. Desplazarla fue interrumpir un diálogo que llevaba siglos ocurriendo entre la estepa y las estrellas.
Así, en la Patagonia, el riesgo proviene de dos direcciones: desde el nadir, donde la tierra empuja y respira, y desde el cenit, desde donde cae lo que no pertenece del todo a este mundo. Y la superficie —tan lisa en apariencia, tan engañosamente quieta— es apenas la delgada franja donde esas fuerzas se encuentran, laten y dejan su marca. Habitar esta geografía es aceptar que se vive sobre una cicatriz siempre abierta, que el suelo que se pisa puede temblar, abrirse, humear o recibir la visita de una piedra incendiada. La geología no es pasado, sino un destino que se escribe en tiempo presente, una amenaza y una promesa que siguen activas bajo los pies y sobre la cabeza. La Patagonia no es un paisaje que se contempla: es una tensión que se habita, un equilibrio inestable que nunca se resuelve del todo. Quien la recorre aprende a caminar con un ojo en el horizonte y otro en el cielo, con un oído atento al rumor subterráneo y otro al silbido que podría venir de las estrellas. Porque en esta tierra despojada, lo sagrado y lo terrible se encuentran en cada piedra, en cada géiser, en cada cráter que recuerda que la creación no ha terminado, que todavía estamos siendo hechos y deshechos por esas fuerzas que nos preceden y nos sobrevivirán.


















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