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ALLEN GARDINER, EL MÁRTIR DE TIERRA DEL FUEGO

Marcada por la tragedia, la actividad misionera en Tierra del Fuego fue un proceso lento y arduo. A pesar de las adversidades, los misioneros anglicanos intentaron una y otra vez llevar la palabra de Dios hasta “lo último de la Tierra”.

(Por Bruno Sabella en el Diario Nuevo Día).- En esta batalla condenada al fracaso, los misioneros dieron todo de sí, arriesgando muchas veces hasta sus propias vidas. Esta es la historia de Allen Gardiner, el mártir de Tierra del Fuego.

Los orígenes de Allen Gardiner

Una mujer va recorriendo los pequeños lechos donde duermen sus hijos; su cuerpo está cansado, pero antes de entregarlo al reposo, quiere cerciorarse de que sus criaturas duermen tranquilas. Dejando un beso en cada frente, va de cama en cama. De pronto ve, con profunda sorpresa, que uno de los niños ha cambiado su lecho por el duro suelo de la habitación. —¿Por qué duermes en el suelo? — le preguntó, tratando de llevarlo al lecho. Con toda naturalidad brota de los labios del pequeño esta respuesta: —“Cuando sea grande, mamita, seré marino, llegaré a ser capitán de un buque y por eso quiero acostumbrarme desde ahora a esa vida dura”.

Este pequeño soñador era Allen Gardiner, el quinto hijo de Samuel Gardiner. Allen nació el 28 de junio de 1794, en Basildon, Inglaterra, a 50 kilómetros de Londres. Pocos datos conocemos de su infancia, sólo sabemos que era un niño que fue criado en los principios cristianos.

Sus biógrafos y apologistas advierten que el mar, la exploración y la aventura llenaron los ensueños de su niñez. En 1808, Gardiner se incorpora al Royal Naval College de Portsmouth, del cual egresa dos años después convertido en flamante guardiamarina. Desde este instante, y durante veinticinco años consecutivos sirve en la flota británica.

Sus inicios en la marina

El 20 de junio de 1810 hizo su primer viaje como voluntario a bordo del «Fortune», bajo el mando del capitán Vausittart. En 1814 había alcanzado ya el grado de teniente. En 1819 se unió a la tripulación del «Leander», que ostentaba la bandera del Real Almirante Sir Henry Blackwood, y navegó hacia las costas del Cabo de Buena Esperanza, en África, y Tricomalee, en Ceylán. Al año siguiente pasó a formar parte de la oficialidad del «Dauntless» y hasta 1822 sirve a bordo de esta nave.

En ella tiene oportunidad de conocer tierras nuevas, costumbres y religiones diversas. El tiempo pasado a bordo del “Dauntless” marca un acontecimiento trascendental en la vida de Allen Gardiner. Fue durante esta época cuando puso decididamente su rostro hacia Dios, resolviendo consagrarse absolutamente a su servicio; con este fin solicitó del Obispo de Gloucester, de la Iglesia Anglicana, a la que él pertenecía, que le confiriese órdenes sagradas para poder predicar. Desde esta fecha, Gardiner comenzó en su diario, que escribía todos los domingos, una serie de meditaciones espirituales, lo que hizo por más de treinta años.

El 19 de julio de 1823 contrajo matrimonio con la señorita Susana Reade, de Ipsden House, Oxfordshire. Pero al año siguiente debió volver al servicio activo de la armada inglesa como segundo teniente del «Júpiter» (enero de 1824). En 1825 se le encargó el mando del navío “Clinker”, permaneciendo en tal cargo hasta que fue nombrado comandante.

Es un marino que inspira el respeto y la admiración de sus compañeros de armas; y es la intensa fe cristiana y también la constante devoción que demuestra Gardiner. Una desgracia, que lo afecta profundamente, lo lleva a dejar la marina. Junto al lecho de muerte de su esposa, en 1834, Gardiner decide consagrar su futura existencia a la obra misionera; aspira a ser un pionero de una misión cristiana que convierta a las almas abandonas; estas son sus propias palabras. Desde aquel instante de su decisión de catequizar aborígenes; su destino es un constante viajar “mari et terra”. Primero es África la tierra elegida.

La iglesia anglicana

El uso del término anglicanismo data del año 1838, cuando esta palabra fue usada para identificar a las iglesias inglesas sometidas a la autoridad del Rey de Inglaterra y separadas de la Iglesia católico-romana desde 1534. El término es un derivado de la palabra ‘anglicano’, con la que se conocía a los ingleses desde el siglo XIII, pero fue solo hasta el siglo XIX que la palabra adquirió matices teológicos para poder diferenciar a los cristianos ingleses que no eran protestantes disidentes ni católico-romanos. Desde allí, el término se extendió a las Iglesias fundadas en otros países durante el período de la expansión colonial inglesa.

En un sentido estricto se puede citar el origen de la Iglesia Anglicana en 1534, cuando el Parlamento británico aprueba el Acta de Supremacía que declara al Rey Enrique VIII (1491-1547) como máximo jerarca de la Iglesia inglesa y se hace oficial la separación con Roma.

La vida de Gardiner como misionero

“Es nuestro deseo, pues, que este trabajo sirva para dar a conocer una página olvidada de nuestra historia, para honrar la memoria de los mártires y los pioneers que se sacrificaron por nuestro Sur, por ir «hasta lo último de la tierra»‘, para inspirar especialmente en la juventud el deseo de ser más fieles y consagrados a Cristo y para colaborar en el engrandecimiento del Reino de Dios, a quien queremos que sea dada así toda la honra y la gloria”

“Hasta lo último de la tierra”, Arnoldo Canclini

En cada lugar donde vivieron Allen Gardiner y su esposa quedó tras ellos una estela de bondad por la simpatía y amor que prodigaban a los pobres. Las varias instituciones de la iglesia encontraron en ellos decididos cooperadores, y en más de una ocasión el

Capitán Gardiner acompañó a su cuñado, el Rev. Woodroffe, en los viajes que debía realizar por el trabajo de la sociedad misionera de la iglesia.

Gardiner en África

Sus pensamientos se dirigieron al África, el pobre continente abandonado por todos, menos por quienes lo explotaban. Dirigió su vista hacia la colonia del Cabo. Con esta idea fue al continente africano y exploró el país de los zulúes, iniciando la primera estación misionera en Puerto Natal. El último domingo que pasó en su patria antes de salir escribió: «Señor, adáptame para la labor que Tú me has inclinado a tomar. Siento mi total insuficiencia y miraré sólo a ti buscando poder y guía.»

El 11 de noviembre de 1834, dos días antes de llegar a Ciudad del Cabo, terminaba así su anotación diaria: »Habiendo puesto mi mano en el arado, que nunca me vuelva atrás. Que tu poder se perfeccione en mi debilidad.» Con estas palabras, Allen Gardiner entraba de lleno en el camino de su segunda y más profunda vocación, de la que nunca volvería atrás.

Pocos días después, el misionero estaba a la vista de los kraals o villorrios indígenas. Recordándolo, escribía: «Nunca olvidaré el interés con que descubrí el primer rizo de humo elevándose en una distante aldea. Olvidé todas las fatigas al encontrarme en tierra zulú y agradecí a mi Dios por haber prosperado mi camino.»

Pocos años después se dedicó, durante muchos meses, con todo entusiasmo a buscar la manera de entrar en Nueva Guinea, pero todos sus esfuerzos fracasaron. Por tres años dedicó su tiempo y dinero a la obra misionera en África, pero cuando se inició la guerra entre los zulúes y boers, dejó este continente y volvió su vista hacia los indios de las pampas argentinas y de Chile cuyo heroísmo en la lucha por la independencia había despertado su admiración.

El capitán Gardiner contrajo nuevas nupcias en octubre de 1836 con la hija mayor del Rev. Eduardo Garrard Marsh de Hampsted. Por seis años, tanto ella como sus hijos fueron los compañeros de sus viajes.

La Sociedad Misionera de la Patagonia

Pocos años después del viaje de FitzRoy, Allen F. Gardiner, capitán retirado de la marina británica y hombre de fe, creaba en Londres la Patagonian Missionary Society, misión anglicana cuyo nombre se cambiaría más tarde por el que lleva hasta la actualidad: Sociedad Misionera de Sud América. Su propósito: rescatar a los salvajes del fin del mundo de las tinieblas y llevarlos hacia la luz de la religión.

Un valor personal temerario y una inquebrantable fe guiaban a Gardiner. Poco sabía, es cierto, sobre el peligro de navegar por estas aguas, menos aún de cómo se entablaría la relación con los «nómades del mar». Lo concreto fue que ese primer intento de contacto misionero terminó de manera trágica: el territorio, atrincherado en su soledad de siglos pareció defenderse encarnizadamente de la intrusión, provocando uno de los naufragios más dramáticos que registra la historia de Tierra del Fuego.

El viaje a Sudamérica

En mayo de 1838, Gardiner salió de Table Bay (Sudáfrica) para iniciar su primer esfuerzo misionero en América del Sur, conduciendo a su familia a Río de Janeiro de allí a Buenos Aires y, a través de las pampas, a Mendoza. En cuanto la estación lo permitió, cruzaron la cordillera hacia Chile.

Al iniciar su obra misionera entre los araucanos, tuvo un feliz encuentro con la tribu que dirigía el cacique llamado Corbalán. Gardiner visitó a muchos jefes indios en Chile; pero ellos no consintieron que viviera en sus tribus porque habían sufrido tanto bajo los blancos, que no querían que ninguno se estableciera cerca de ellos.

En un viaje a las tolderías de los indios del lago Raneo, tuvo dificultades para conseguir intérpretes. Las diversas peripecias pasadas con las tribus araucanas le desanimaron y resolvieron cruzar nuevamente la cordillera para evangelizar la Patagonia.

Al principio parecía que el éxito coronaba sus esfuerzos, pero un repentino cambio en la actitud de los nativos le obligó a regresar a su madre patria. Este retorno a Inglaterra y las informaciones sobre el fracaso de su misión en la Patagonia produjeron una tremenda impresión y así fue que, cuando presentó sus planes para la evangelización de Bolivia éstos fueron rechazados.

Diversos trámites ante la Sociedad Misionera de su iglesia, que no aceptaba las ideas de su evangelista, tuvieron siempre el mismo resultado negativo. Gardiner, ofreció entonces, hacer el experimento pagando él mismo los gastos y propuso a la Sociedad que guardara sus fondos hasta ver los resultados.

Así fue como, en compañía de un joven protestante llamado Federico González, inició el trabajo misionero de Bolivia, embarcándose para el Río de la Plata el 23 de septiembre de 1845. Larga fue la jornada. Las revueltas en la República Argentina no les permitieron cruzar por el río Paraná que estaba cerrado a la navegación. Debían ir al Pacífico pasando por Valparaíso a Cobija y de este punto se dirigieron a Tarija a donde llegaron el 7 de marzo de 1846.

Enfermedades, dificultades, pruebas de todas clases se presentaron en este país a los esforzados líderes de la Cruz. Pero por recomendación y gestiones del Procurador General de la Nación. Dr. Cainzo, consiguió que el Presidente concediera la debida autorización para instruir en las verdades del evangelio a los indios que viven en los límites de Bolivia. Satisfecho de los resultados de sus trabajos y con el deseo de urgir a sus amigos para que le enviaran tanto ayuda financiera como colaboradores en la tarea en que estaba empeñado, fue a Inglaterra. De allí se envió, en respuesta al pedido, a otro joven protestante español, don Miguel Robles.

Los azares de la vida política sudamericana modificaron las condiciones generales del país. Una revolución echó por tierra al gobierno liberal de Bolivia que había dado facilidades al misionero y trajo al poder a un partido que, influenciado por los elementos sacerdotales, dificultaron el trabajo a tal extremo que los dos misioneros debieron salir del país. Esta situación aumentó en el corazón del capitán Gardiner el anhelo de volver a Tierra del Fuego, lugar alejado de toda influencia papista.

De la situación religiosa en Buenos Aires, Gardiner escribió lo siguiente: «A pesar del resurgimiento en la orden de los jesuitas y del subsidio que reciben del gobierno nacional, es un hecho alentador que la venta o distribución de la Biblia y otros libros religiosos no esté prohibida. Aunque, al mismo tiempo, se sobreentiende que la predicación en público en castellano, o cualquier otro intento de instruir al pueblo en las verdades cristianas, tal como surgen de las Escrituras sin mutilar, encontrará decidida oposición.»

Sobre los gauchos, Gardiner hace algunas interesantes observaciones: «El carácter salvaje y parecido al de los bandidos de estos semi bárbaros descendientes de los primeros pobladores españoles, no puede dejar de llamar la atención del viajero; por cierto, que ellos constituían el único descanso para la monotonía y los observábamos con no poco interés, cuando se detenían mudos ante el corral o se los veía galopando hacia las solitarias postas de nuestra ruta. Invariablemente los encontrábamos bien educados, pero mucho más sucios que los boers del sur del África y viviendo con muchas menos comodidades”.

Grandes obstáculos se presentaron en su camino; pero su fe y su confianza en el Evangelio le daban fuerzas para demoler esas, al parecer, invencibles dificultades. Un ejemplo lo encontramos en lo sucedido en la ciudad de Mendoza. Allí no pudo vender ejemplares de la Palabra de Dios, pero ello no fue razón para que no las ofreciera como regalo. El preceptor de un colegio de varones le envió una amable carta 13 por los ejemplares recibidos por sus alumnos, los cuales con provecho los habían leído.

Su gran ideal era la evangelización de los indios de la Patagonia y de Tierra del Fuego. Sentía que Dios lo había llamado para ese ministerio y tan seguro estaba de ello que veía los fracasos en los distintos campos donde actuaba como señales reveladoras indicándole el lugar donde debería evangelizar.

El pueblo más austral del mundo

Para la mayoría de los europeos que llegaron a Tierra del Fuego, los yámanas o yaganes, se trataba de un grupo primitivo y desgraciado de salvajes, ateos sin ley que vivían en condiciones inhumanas. Como diría Charles Darwin, eran “los seres más abyectos y desdichados que he visto en parte alguna”, según esta narrativa, no merecían tener historia. La opinión de Darwin en relación con los indios fueguinos debe entenderse en el marco del lenguaje religioso y de la Revolución Industrial que reafirmaba la superioridad de los valores morales protestantes ante culturas primitivas.

Se los ha llamado también «indios de canoa» y es una buena denominación porque habían hecho de sus embarcaciones su principal sistema de vida. En ellas recorrían los canales, deteniéndose en algún punto donde levantaban sus chozas y pasaban un tiempo cazando guanacos y comiendo mejillones. No usaban vestido alguno a pesar del frío y de la nieve. A veces se echaban sobre las espaldas un cuero de guanaco o lobo marino que habían cazado y devorado poco antes. Ningún investigador ha logrado averiguar sus ideas religiosas y es lógico suponer que fueran muy rudimentarias. Los onas, por el contrario, tenían gran número de relatos mitológicos y leyendas.

Allen Gardiner continuó desde Inglaterra sus esfuerzos para establecer una misión en la Patagonia, creyendo que podría contar con la ayuda de la Sociedad Misionera de la Patagonia, recientemente fundada, pero que al fin no logró. Viajó por Escocia e Inglaterra dando a conocer sus planes y buscando la manera de recolectar fondos; pero la limitación de los ingresos le hizo reducir sus planes y contentarse con la organización de una expedición misionera compuesta sólo de cuatro marineros y un carpintero naval; con un navío cubierto, un ballenero; dos tiendas o carpas indias y provisiones para seis meses. Este plan fue aprobado y luego de los preparativos necesarios, el 7 de enero de 1848 salieron desde Cardiff rumbo a la Isla de los Estados, donde habían resuelto establecer la base de sus futuras operaciones evangelizadoras.

El viaje a Tierra del Fuego

Tanto los elementos de la naturaleza como los indios de la zona les fueron adversos y el 1 de abril del mismo año (recién el 17 de marzo habían llegado a su destino en Tierra del Fuego), seguían viaje hacia Payta que era el puerto de destino del “Clymene”, nave que conducía a los misioneros, aceptando así el fracaso de esa primera expedición.

Su visión y genio organizador le hizo ver que para que una expedición de esa clase pudiera hacer frente a las situaciones a que se vería afrontada debería tener una base más consistente, algo así: una misión flotante, en un bergantín de unas 120 toneladas; provisiones para un año y fácil comunicación con las colonias de las Malvinas.

Al detenerse en el Estrecho de Magallanes, frente a la costa fueguina, por todas partes se veían guanacos, pero no indígenas; Gardiner resolvió ir a tierra y prender fuego para llamar la atención. Poco después apareció un grupo de onas, cubiertos de pieles, quienes se detuvieron a cierta distancia y encendieron una hoguera. El misionero no quería alejarse mucho del bote y entonces echaron más combustible y, al agrandarse las llamas hicieron señas a los nativos. Estos se acercaron y recibieron con agrado las chucherías que les regalaron: pañuelos de colores, espejitos, cortaplumas, etc. Gardiner les dirigió algunas frases en castellano y unas pocas que conocía en tehuelche, pero fue en vano.

Regresó de Tierra del Fuego ardientemente deseoso de inducir a sus paisanos a enviar otra misión más eficientemente provista que la anterior, no considerando el viaje recién realizado como un fracaso sino como un viaje de observación. Pero encontró muy poco preparado el ambiente para considerar el asunto 15 desde el mismo punto de vista suyo, aun entre sus más decididos sostenedores. Pero seguro como estaba, con la firme convicción de que esa era la voluntad de Dios, ejerció toda su influencia para que la obra del Señor se estableciera en América del Sur sin que la falta de ayuda ni de sostén le hicieran renunciar a sus propósitos.

Dos solicitudes que presentó a la Sociedad Misionera de la Iglesia, una a la Iglesia Moraya y otra a la Sociedad de Misiones Extranjeras de la Iglesia de Escocia, en favor de la obra misionera en América del Sur, fueron en vano. El dilema que se presentaba a la Sociedad Misionera de la Patagonia era: abandonar toda esperanza de misión en Tierra del Fuego o adoptar los planes de un ardiente y desinteresado hombre que estaba presionándole a recolectar los fondos necesarios como el primer paso para realizar tal misión.

En el curso de sus viajes como conferencista, el Capitán Gardiner llegó a entablar relación con el Rev. G. P. Despard, de Redlands, Bristol, hombre de coraje, energía y mucha piedad. Una sincera amistad nació entre estos dos hombres, cuyo valor pronto pudo Gardiner apreciar. Cuando las dificultades rodeaban a la naciente sociedad, pues el dinero para la proyectada misión venía muy lentamente, fue este nuevo amigo quien puso todo su empeño por el éxito de la empresa.

Como parecía imposible obtener todo el dinero necesario para tan original plan, el capitán Gardiner lo modificó tratando de combinar la suficiente seguridad con el menor gasto. Propuso que en cambio de un bergantín se compraran dos lanchas de 8 metros de largo por 2,60 de ancho, en las cuales podrían colocarse las provisiones para seis meses, y dos pequeños botes para que sirvieran como muelles entre ellas. Creyendo que las lanchas de esas medidas serían seguras para navegar en los intrincados canales del estrecho, habló al Comité y fue oído deferentemente dada su experiencia. Sabían que Gardiner era muy confiado, pero sabían también que no era capaz de llevar a sus compañeros a un lugar de peligro.

Las lanchas propuestas para la misión debían ser de la mejor calidad, de buenas medidas y provistas con cubiertas, y para tripularlas propuso obtener la colaboración de experimentados pescadores de Cornwall, acostumbrados a navegar en el mar de Irlanda.

Otra vez, con paciente tenacidad, este hombre incansable viajó por Inglaterra y Escocia para recaudar los fondos necesarios; pero obtuvo pocos resultados, hasta que una señora, estando segura de que necesitaba el dinero para la empresa, le dio setecientas libras esterlinas de una vez y después trescientas más, con lo que la obra pudo ser inmediatamente iniciada.

El pequeño grupo se embarcó en el puerto de Liverpool, el 7 de septiembre de 1850 en el «Ocean Queen», rumbo a Tierra del Fuego. El 18 de diciembre la nave que los condujo a la isla de Picton los dejó y la expedición quedó bajo la protección de Dios y la prometida ayuda de sus hermanos de Inglaterra.

La primera visión de la Tierra del Fuego no parece resultarle atractiva a los catequistas. En el diario del doctor Williams se lee: “Es una tierra de tinieblas, un escenario de salvaje desolación; ambos, paraje y clima, concuerdan en carácter: ¡el uno es hosco y desolado, el otro tempestuosamente negro”.

Allen Gardiner y sus compañeros se habían hecho a la mar en dos pequeños barcos, el Speedwell y la Pioneer. En diciembre de 1850, llegaban a destino. Desembarcaron los suministros en la isla Picton, en la boca oriental del canal Beagle, y luego cantaron himnos de agradecimiento que deben haber sonado extraños en la profunda soledad de esa isla. Casi de inmediato, observaron columnas de humo que se elevaban de las islas cercanas. Entre regocijado y expectante, Gardiner veía avanzar las canoas de los yámanas que pronto desembarcaron y se les acercaban por la playa.

El misionero quiso ir a su encuentro, pero los indígenas se mostraron desconfiados y hostiles. Gardiner y los suyos tuvieron que emplear cierta violencia para rechazar a los que se tomaban demasiada confianza con los víveres y los suministros. Los ingleses consideraron su inferioridad numérica y Gardiner ordenó el reembarco con todo lo que se pudieran llevar a bordo. Dejaron, cerca de la costa, una inscripción en una roca indicando a posibles navegantes el rumbo que se proponían tomar. Los yámanas no parecían impresionados ni por los barcos ni por las armas de fuego, y los persiguieron por los canales sin permitirles desembarcar. Gardiner se vio huyendo de aquellos a quienes había venido a salvar.

Una noche, comenzó un vendaval. Las famosas «tempestades del Hornos» descriptas por innumerables capitanes en sus bitácoras. En medio de la oscuridad y el rugir del temporal, los dos barcos buscaron refugio en Bahía Aguirre. Gardiner pensó que hasta allí, tan lejos del canal y en, mar abierto, los indígenas no se aventurarían en sus canoas. Cuando el tiempo pareció serenarse, maniobraron para echar el ancla. Lo que no supo y los nativos sí sabían, fue que bajo las aguas aparentemente tranquilas donde habían anclado, el fondo marino pasaba abruptamente de los cien metros a un abismo oceánico de cuatro mil metros de profundidad.

Los movimientos de semejante masa de agua producían olas monstruosas. Así sucedió: al desatarse nuevamente la tempestad, el pequeño Pioneer fue elevado por una ola gigantesca que lo arrojó ferozmente contra las rocas convirtiéndolo en astillas. Sólo quedaba el Speedwell. Con heroicidad resistieron, pero Allen Gardiner y los suyos fueron vencidos por otro enemigo contra el que no pudieron luchar: el terrible invierno del Cabo de Hornos.

Refugiados en una caverna de la costa, rodeados por los eternos fuegos, esperando un rescate que sólo llegó meses después de su muerte, el capitán y los suyos perecieron de inanición en las sombrías costas fueguinas. El trágico fin de estos primeros misioneros lo conocemos por el diario que llevó Allen Gardiner hasta su último aliento.

El martirio de los misioneros

Cuatro meses después de haber llegado a esas comarcas, comenzó el calvario de estos hombres. Ni una vez en todo ese tiempo, ni en los meses siguientes hasta que se produjo el triste final, vieron a otros hombres blancos y las esperanzas puestas en que sus hermanos de raza y fe les proporcionaran un poco de comida, de medicinas y de estímulos fueron siempre en vano. Las provisiones empezaron a escasear. Tenían alimentos para una época determinada de tiempo y esperaban poder aumentar la despensa con los productos de la caza y de la pesca. Pero por largo tiempo no pudieron cazar ni pescar.

Necesitando carne fresca, especialmente para dar a los enfermos, en cierta oportunidad armaron una trampa y con ella dieron caza a un zorro. Ese fue el único alimento que tuvieron en esos días. A medida que pasaba el tiempo la situación se hacía cada vez más desesperante. El 12 de junio, uno de los misioneros escribe en su diario esta triste reflexión: «Hemos estado mucho tiempo sin alimentación animal de ninguna clase. Nuestra dieta consiste en avena molida y polenta de arroz de vez en cuando, pero aun de esto tenemos sólo lo necesario para terminar este mes o un período muy corto después de éste».

Como si todo esto no fuera bastante, hay que agregar las dificultades ocasionadas por el tiempo: «el tiempo es muy severo, con una caída copiosa de nieve…», escribió Mr. Williams el 12 de junio.

A fines de marzo, a pesar de estar confiados en la providencia de Dios deciden hacer un esfuerzo para conseguir socorro, dada la angustiosa situación en que se encuentran: En una roca pintan un letrero con esta inscripción: «GONE TO SPANIARD HARBOUR» (Hemos ido a Puerto Español).

Y en la base de la roca entierran tres botellas con notas adentro notificando donde se hallan. Los mensajes encerrados en las botellas decían así: «Hemos ido a Spaniard Harbour, que queda en la isla principal, no lejos del Cabo Dinnaird. Tenemos enfermos a bordo; nuestras provisiones están por terminarse; si no nos relevan pronto nos moriremos de hambre. No intentamos ir a la isla de los Estados, pero permaneceremos en una bahía del lado oeste de Spaniard Harbour hasta que algún vapor nos venga a socorrer.

El mes de abril pasó en medio de esa situación angustiosa, agravada además por las enfermedades que inician sus estragos. Sin embargo, el grupo siempre siente gratitud hacia Dios por sus misericordias y sus bondades. Como una corroboración podemos citar lo que el capitán Gardiner anotaba en su diario el día 8 de mayo: «Aunque camine en medio de desgracias, tú me alentarás. Mis ojos miran a ti, oh, Jehová. Señor, en ti he confiado, no desampares mi alma» (Salmo 138:7; 141:8).

En la misma forma, cual si cada día fuera de veinticuatro interminables horas, pasan los meses de mayo y junio. En medio de esas tremendas pruebas se sienten llenos de gozo, de fe y de confianza en Dios. Pero eso no impide que el 14 de julio sea escrita esta anotación en 22 el diario del capitán: «Mr. Williams y Badcock están muy débiles; la enfermedad ha adelantado mucho».

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