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La cofradía de YPF: Memoria, amistad y emoción en un reencuentro que sigue sumando compañeros

Jubilados y ex trabajadores de YPF volvieron a reunirse en Río Grande en una noche atravesada por la memoria, las anécdotas y el afecto. La juntada, organizada por la agrupación de ypefianos fueguinos, incorporó nuevos integrantes y reafirmó un espíritu de pertenencia que atraviesa generaciones.

Río Grande.- No fue sólo un asado. Tampoco una simple reunión de amigos. Lo que ocurrió el fin de semana en el Quincho SUPE fue, en realidad, una nueva celebración de la memoria viva de YPF en Tierra del Fuego, esa que todavía late en los relatos, en los apodos, en las fotos compartidas, en las partidas de truco que se estiran hasta la madrugada y en el abrazo emocionado de quienes se vuelven a encontrar después de tantos años.

El encuentro fue presidido por Carlos Mansilla, ypefiano y viejo boxeador integrante de las Viejas Glorias del Boxeo Fueguino.

Además de los miembros de esta cofradía, participaron el ingeniero Mario Félix Ferreyra, Decano de la Facultad Regional Tierra del Fuego de la Universidad Tecnológica Nacional; su hijo, el Dr. Daniel Ferreyra, quien es apoderado legal de la UTN fueguina y de la FUNDATEC.

Cabe destacar que el ingeniero Mario Ferreyra integró los cuadros técnico-profesionales de YPF, siendo Ingeniero Químico e Ingeniero en Petróleo.

La convocatoria reunió una vez más a jubilados, ex trabajadores y viejos compañeros de la petrolera estatal, muchos de ellos protagonistas de una etapa fundacional en Río Grande. La organización estuvo impulsada por Carlos Mansilla, uno de los referentes de esta suerte de cofradía entrañable que, con el paso del tiempo, se afianza como un espacio de pertenencia, reconocimiento y afecto.

“Necesitábamos encontrarnos de vuelta”, resumió Mansilla al hablar de una reunión que, además del clima festivo, tuvo un rasgo especial: la incorporación de nuevos compañeros que por distintos motivos hasta ahora no se habían animado a participar.

Ese detalle no es menor. Porque en estos encuentros no sólo aparece la alegría del reencuentro. También asoman las emociones más profundas. La memoria de los que ya no están, la evocación de tiempos duros pero luminosos, y esa mezcla de orgullo y nostalgia que sólo conocen quienes compartieron una vida de trabajo, sacrificio y compañerismo.

En esta oportunidad, varios de esos nuevos integrantes recibieron un certificado y el tradicional pin de YPF, un gesto simbólico pero cargado de sentido. No se trató únicamente de una distinción: fue una forma de decirles que todavía hay un lugar para ellos, que siguen siendo parte de una historia colectiva que no se resigna al olvido.

Uno de los momentos más emotivos estuvo ligado a la presencia de Nino Navarro, recordado como parte de la primera camada de cadetes que ingresó a YPF en Río Grande en 1973, con apenas 14 años. Su figura despertó conversaciones, recuerdos y una escena casi de ritual: sus compañeros reunidos alrededor del lugar donde se sentó, como si cada encuentro fuera también una manera de honrar el tiempo compartido.

Las anécdotas, naturalmente, fueron brotando solas. En la mesa aparecieron nombres que para ellos no son sólo apellidos, sino fragmentos de una historia común: compañeros, formadores, jefes, amigos y familias enteras atravesadas por la vida ypefiana.

Mansilla lo dijo con sencillez y profundidad: para muchos de ellos, YPF fue mucho más que un empleo. Fue una escuela. Una casa. Una oportunidad. La puerta de entrada al mundo del trabajo y, en muchos casos, también al estudio y a la formación personal.

Muchos habían ingresado siendo apenas adolescentes, como cadetes o aprendices. Allí no sólo cobraban un sueldo: aprendían un oficio, se formaban en la disciplina laboral y recibían el acompañamiento de trabajadores mayores que los guiaban y protegían. En varios casos, la empresa incluso impulsaba la continuidad educativa de quienes no habían terminado sus estudios.

Esa dimensión formativa fue resaltada también por el ingeniero Mario Félix Ferreyra, ex profesional de YPF y actual decano de la UTN fueguina, quien participó de la velada y compartió impresiones cargadas de sensibilidad. Recordó que aquellos jóvenes comenzaban haciendo tareas simples, llevando documentación entre oficinas, y que con el tiempo podían incorporarse a talleres, aprender oficios y llegar incluso a desempeñarse como técnicos o profesionales.

Pero el homenaje de la noche no se agotó en la historia de la empresa. También alcanzó a las familias pioneras que llegaron a Tierra del Fuego desde Chile y desde distintos puntos de la Argentina para trabajar, levantar sus viviendas y construir comunidad en condiciones climáticas extremas.

En ese tramo de la charla, surgió con fuerza la figura de aquellos padres y madres que soportaron inviernos duros, buscaron agua, criaron animales, cavaron zanjas para que llegara el gas y levantaron sus casas con esfuerzo propio. Una generación silenciosa y tenaz que hizo posible la vida en la Patagonia austral y que, para estos hombres, merece todavía un reconocimiento más visible.

Allí el encuentro tomó un tono aún más profundo. Ya no era sólo la memoria de YPF, sino la memoria de Río Grande y de su espíritu pionero. De los “chilotes”, de los argentinos llegados desde el continente, de las familias mixtas, del trabajo compartido, de la cultura del esfuerzo y del arraigo construido en una tierra desafiante.

Por eso esta cofradía de jubilados y ex trabajadores emociona tanto. Porque no se reúne únicamente para recordar una empresa. Se reúne para defender un legado. Para ponerle rostro a una época. Para volver a nombrar a quienes hicieron grande a YPF y, con ella, también a Tierra del Fuego.

La noche terminó tarde, como terminan las reuniones felices. Hubo truco hasta las cuatro de la mañana, risas, historias repetidas con gusto y la certeza de que el grupo sigue creciendo. Cada nuevo compañero que se suma no sólo engrosa la lista de asistentes: ayuda a que esa memoria compartida siga respirando.

Y en un tiempo donde tantas cosas parecen fugaces, ellos eligieron persistir. Juntarse. Mirarse. Contarse de nuevo. Sostener entre todos, una llama que no quieren dejar apagar.

Porque, al final, eso también fue YPF para ellos: trabajo, sí; pero sobre todo comunidad.

 

Reconocimientos

 

Durante el evento, se reconoció a Rubén Navarro, quien entró como cadete a YPF en 1976 y también se destacó a Luís Alberto Andrade quien entró como cadete a los 13 años y fue separado de la empresa hasta cumplir los 14 años.

“Cobraban en blanco y tenían Libreta de Ahorros de la Caja Nacional de Ahorros y retiraban el dinero más el interés después de hacer el Servicio Militar. Todo en Río Grande la  petrolera heroica. Historias de la Argentina del Sur lejano. Pueblo de poco más de 5.000 habitantes sin agua ni calefacción con hasta 30 grados bajo cero”, destacó el Ing. Mario Ferreyra.

También se brindaron reconocimientos especiales a las ypefianas Lidia Escobar, Mabel Andrade y Mary Zubiela, decanas de la Agrupación Ypefianos Fueguinos de nuestra provincia con asiento en Río Grande.

 

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