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Cuando un país deja de ser Nación y pasa a ser mercado

La ingeniera mecánica Alejandra Portatadino expone una mirada crítica sobre soberanía, industria, educación y el culto a la ignorancia en la Argentina contemporánea.

Río Grande.- La soberanía de un país no se pierde de un día para otro. Se erosiona lentamente, casi sin ruido, cuando quienes gobiernan dejan de concebirlo como una Nación y comienzan a administrarlo como un simple mercado. En ese tránsito, las banderas y los símbolos patrios ceden su lugar al dinero, que no reconoce dioses, patrias ni identidades, y que termina arrasando valores culturales, tejido social y proyectos de desarrollo en nombre de una libertad abstracta y de una prosperidad que nunca llega para la mayoría.

Así lo plantea la ingeniera mecánica Alejandra Portatadino en una reflexión profunda y contundente sobre el rumbo económico, productivo y cultural del país. Su diagnóstico es claro: la destrucción de la soberanía avanza de la mano del desmantelamiento de la industria nacional, del vaciamiento de la educación pública y de la consolidación de un sistema financiero especulativo que concentra riqueza mientras empobrece a la sociedad.

 

El engaño del “vayan a trabajar”

 

Uno de los síntomas más visibles de este proceso es la naturalización de consignas que, bajo una apariencia de sentido común, esconden una profunda incomprensión de la realidad económica. “Vayan a trabajar” o “hay que enseñar a pescar en vez de dar planes” son frases repetidas tanto por funcionarios como por sectores de la sociedad que, atravesados por discursos mediáticos y desprovistos de herramientas críticas, terminan reproduciendo un relato que los perjudica.

Portatadino propone una metáfora tan simple como reveladora: para pescar hacen falta tres elementos básicos —agua, peces y herramientas—. Si se traslada esa imagen al plano económico, el lago es el país, el agua es el mercado interno, los peces son los productos y las herramientas son las fábricas. ¿Qué ocurre cuando se drena el agua del lago? Los peces mueren, las herramientas dejan de servir y el sistema entero colapsa.

Eso es exactamente lo que sucede cuando se destruye el poder adquisitivo de la población. El mercado interno se achica, las ventas caen, la producción se frena y las fábricas cierran. En ese contexto, el “vayan a trabajar” deja de ser una expresión de deseo para transformarse en un gesto de desprecio vacío, porque el trabajo simplemente deja de existir.

 

Finanzas que crecen, producción que se hunde

 

Mientras la economía real se contrae, el sistema financiero aparece como el gran beneficiado. La creación de un mercado orientado a la especulación —basado en el trading de activos financieros, la volatilidad y la ganancia de corto plazo— produce riqueza solo para los capitales concentrados, sin derrame alguno sobre el entramado productivo.

En este esquema, el endeudamiento con el Fondo Monetario Internacional cumple un rol central. Lejos de financiar desarrollo o infraestructura, la deuda se utiliza para sostener la estabilidad cambiaria y alimentar mecanismos de carry trade, donde inversores obtienen altas rentabilidades en pesos mientras se incrementa el riesgo y la dependencia externa.

Argentina, el país más endeudado con el FMI, ofrece una paradoja inquietante: cada vez debe más, produce menos y ve cerrar industrias de manera constante. Se invoca la “macroeconomía” como un mantra salvador, ignorando que toda macroeconomía real es la suma de miles de microeconomías vivas. Al destruir estas últimas, la macro se derrumba inevitablemente.

 

Industria, trabajo y el falso “costo laboral”

 

El deterioro del sistema industrial trae consigo cierres de empresas históricas, aumento del desempleo y una nueva amenaza: la precarización laboral. Pensar al trabajador como un costo puede resultar funcional a los mercados especulativos, pero es letal para cualquier modelo productivo. En una economía industrial sana, los trabajadores calificados son el principal capital de una empresa.

A esta lógica se suma la explotación de los recursos naturales bajo un discurso engañoso. No se trata de “inversión productiva”, sino de inversión en “extractiva”: sacar la mayor cantidad de recursos en el menor tiempo y al menor costo posible. El resultado es conocido y visible en muchas regiones del mundo, donde la avaricia de los mercados convive incluso con el trabajo infantil y la destrucción ambiental. Para muchos ingenieros la frase “producción minera” es convertir los minerales que se extraen se industrializan creando bienes de consumo y generando empleo genuino y de calidad a la población, que con su salario lo vuelca a la microeconomía generando un proceso virtuoso que se retroalimenta, comercios y fabricas comienzan a florecer, logrando un estado de bienestar, y la avaricia es el mayor enemigo de este proceso.

Argentina produce alrededor de 60 toneladas de oro al año y, sin embargo, carece de reservas significativas. Se extraen recursos estratégicos casi sin valor agregado local, mientras el país se endeuda para sostener un modelo que no industrializa ni genera trabajo genuino. ¿Qué sentido tiene endeudarse cuando se cuenta con riquezas naturales capaces de impulsar un desarrollo soberano? ¿Cómo se entiende que países que no tienen dentro de su territorio  yacimientos de oro poseen las mayores reservas de ese metal, mientras los países de donde se extrae carecen de ese mineral?

 

El ataque al conocimiento

 

Nada de esto es casual. El desfinanciamiento de universidades, de la educación técnica y de los institutos de investigación responde a un fenómeno más profundo: el culto a la ignorancia. Se desprecia el pensamiento crítico y se instala la idea de que, en democracia, la opinión sin conocimiento vale lo mismo que la de un experto.

Este antiintelectualismo —definido magistralmente por Isaac Asimov— es funcional a discursos vacíos, falaces y pseudo-intelectuales que logran hipnotizar a una población privada de herramientas educativas. Así se desacredita a técnicos, ingenieros y científicos, tildándolos de “ñoquis” o improductivos, cuando el verdadero problema radica en dirigencias políticas que colocan al frente de estructuras complejas a personas sin formación ni compromiso con el bien común.

 

Capacidades perdidas, dependencia creciente

 

Argentina supo tener siderurgia propia, fabricar submarinos, aviones, misiles, camiones y desarrollar tecnología estratégica. Hoy, esas capacidades están relegadas, y el país se limita a comprar armamento usado o importado, ignorando su propio potencial industrial.

Fabricaciones Militares, el astillero de submarinos, FADEA y otras instituciones emblemáticas fueron desguazadas o mal administradas, muchas veces ante el silencio de sectores que también resultaron perjudicados. El resultado es una dependencia creciente, salida de dólares y generación de empleo en el exterior, mientras se repite la consigna vacía del “vayan a trabajar”. La pregunta inevitable es: ¿a dónde?

 

Repensar el país posible

 

La salida, sostiene Portatadino, no pasa por destruir el Estado, sino por recuperar su rol como articulador eficiente, honesto y comprometido con el bienestar de la población. Endeudarse sin un sistema industrial productivo tiene consecuencias profundas y duraderas.

Fortalecer la educación, proteger los recursos naturales, impulsar una industria sostenible y generar trabajo genuino son pilares indispensables para pensar un futuro distinto. Modelos como el alemán, donde Estado, capital, empresarios y trabajadores articulan en función del desarrollo nacional, existen, pero se ocultan deliberadamente del debate público.

Repensarse como sociedad es una tarea urgente. Porque cuando un país deja de invertir en conocimiento, industria y soberanía, no solo pierde su presente: compromete irremediablemente su futuro.

Isaac Asimov, aparte del escritor que conocemos, fue bioquímico, se doctoró en química  y ejerció como docente Universitario, por eso tiene un valor muy significativo cuando escribió ““El antiintelectualismo es el culto a la ignorancia. Ha sido una constante en nuestra historia política y cultural, promovida por la falsa idea de que la democracia consiste en que «mi ignorancia es tan válida como tu conocimiento””, pensemos quienes lo promueven y porque.

Embrutece a una población y lograras dominarla, por eso queridos orejones del tarro, les digo levantemos nuestras banderas “NO AL DESFINANCIAMIENTO UNIVERSITARIO, NI DE LA EDUCACIÓN TECNICA, NI DE LAS FUERZAS ARMADAS”  MOTORES DEL DESARROLLO SOSTENIBLE DE UN PAIS, NO A LA PRECARIZACIÓN LABORAL, buenos  salarios motores de la microeconomía de una país y el acceso a la educación, y a las FUERZAS ARMADAS. A todos los Argentinos comiencen a pensar en cómo recuperar nuestras industrias incluida las fabricas Nacionales para la Defensa, generadora de trabajo técnico e ingenieril desarrollo innovadores y hacedora de verdadera soberanía, Parafraseando al comediante Tato Bores “por eso queridos orejones del tarro, las neuronas atentas, el hígado alerta, vermouth con papas fritas y good show” donde agrego la naturaleza nos dio una cabeza que aparte de pelo, adentro tiene un órgano llamado cerebro y sirve  para pensar no solo para ir a la peluquería y cuidarse el pelito.

Alejandra Portatadino es Ingeniera Mecánica, cofundadora de Ingeniería sin Fronteras Argentina, miembro del ASME (American Society of Mechanical Engineers) y del CAI Centro Argentino de Ingenieros, docente de post grado  invitada de esta casa de altos estudios y pertenece al equipo de ingenieros  del Astillero TANDANOR siendo la responsable de la ejecución de la Base Integrada Logística Antártica en Ushuaia, formada en Astilleros de submarinos Ministro Manuel Domecq García, fue gerente de Chevron International  y Senior Advisor en Green Cross.

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