La ingeniera Alejandra Portatadino analiza el rol de los fondos de inversión en la economía global, advierte sobre los efectos devastadores de la desindustrialización y reivindica a las universidades tecnológicas como motor para un país sostenible. Una mirada crítica y profunda sobre el presente y el futuro de la Nación.
Río Grande.- El siglo XXI trajo consigo un cambio profundo en la forma en que circula el dinero en el mundo. Lo que durante décadas estuvo orientado a la producción y al desarrollo industrial mutó hacia un modelo dominado por la especulación financiera. Para la ingeniera mecánica Alejandra Portatadino, cofundadora de Ingeniería sin Fronteras Argentina, ese viraje explica buena parte de los problemas estructurales que atraviesan hoy las naciones periféricas, entre ellas la Argentina.
Invitada habitual a conferencias de la Universidad Tecnológica Nacional y docente de posgrado, Portatadino observa con preocupación cómo los llamados “fondos de inversión” pasaron de ser actores que potenciaban industrias y generaban empleo a convertirse, en muchos casos, en instrumentos de concentración y saqueo.
“En el siglo XX –explica– la lógica era productiva: se invertía en fábricas, tecnología, infraestructura. Eso generaba ganancias, pero también mejoraba la calidad de vida de los pueblos. El trabajador era considerado un capital humano, no un costo laboral. Así se construyeron los milagros económicos de Japón, Alemania o Canadá, con una articulación virtuosa entre Estado y capital privado”.
Sin embargo, advierte, esa ecuación comenzó a romperse cuando la rentabilidad dejó de estar asociada al trabajo y a la producción para depender casi exclusivamente de la especulación financiera. “Los fondos compiten entre sí para atraer inversores y maximizar ganancias. Hasta ahí es comprensible. El problema surge cuando la avaricia supera cualquier límite moral y humano, y se busca hacer dinero sin importar las consecuencias”.
Los “fondos buitre” y la destrucción de países
Portatadino no duda en utilizar un término duro para describir a estos nuevos actores globales: “fondos de inversión buitre”. Según su análisis, estos grupos económicos operan sin reparar en los efectos sociales, políticos y ambientales de sus decisiones.
“Son fondos que responden al individualismo más primitivo. No les importa corromper gobiernos, jueces o medios de comunicación con tal de obtener ganancias extraordinarias. Su lógica es simple: apropiarse de recursos naturales al menor costo posible y en el menor tiempo, aun cuando para lograrlo haya que desindustrializar naciones, generar guerras o hambrear pueblos”.
La ingeniera subraya que este proceso es particularmente visible en países ricos en minerales e hidrocarburos, cuyos recursos adquieren cada vez mayor valor estratégico. “El objetivo es claro: quedarse con esas riquezas y dejar sociedades devastadas, con economías dependientes y sin capacidad de decisión propia”.
El aporte de la ingeniería al análisis social
Lejos de limitarse a una mirada meramente técnica, Portatadino reivindica el papel de la ingeniería como herramienta para comprender procesos sociales y económicos. “Nuestra formación se basa en matemáticas, física y química. Eso nos enseña a pensar de manera analítica, a desarmar problemas complejos y a buscar soluciones racionales. Ese mismo método puede aplicarse al estudio de la realidad”.
En ese sentido, rescata experiencias históricas como la de la Fundación Bariloche, creada en los años 60 por científicos e intelectuales de primer nivel como Carlos Mallmann, Alberto Maiztegui y Jorge Sábato. “Ellos demostraron que el conocimiento científico podía ponerse al servicio del desarrollo humano. Tuve el privilegio de conocer y trabajar con muchos de ellos. Fueron una inspiración para impulsar Ingeniería sin Fronteras Argentina, donde planteamos que la ingeniería también es una herramienta para la aplicación concreta de los derechos humanos”.
La espiral de la desindustrialización
Uno de los ejes centrales de su análisis es la relación directa entre desindustrialización y empobrecimiento social. Para Portatadino, un país que abandona su matriz productiva entra en una “espiral negativa” difícil de revertir.
“Menos industrias significa menos empleo formal, menos recaudación, menos inversión en educación y salud. Se destruyen las microeconomías que sostienen la macroeconomía. Entonces los Estados se endeudan, entregan recursos estratégicos y terminan perdiendo soberanía”.
La ingeniera cuestiona duramente a quienes promueven modelos económicos basados únicamente en variables financieras. “Hablan de macroeconomía como si fuera un ente abstracto, pero se olvidan de que está compuesta por miles de pequeñas economías reales: comercios, PyMEs, fábricas, trabajadores”.
La Argentina que supo ser industrial
Al repasar la historia nacional, Portatadino recuerda una Argentina muy distinta a la actual. “Hubo un tiempo en que fabricábamos casi todo: autos, barcos, aviones, satélites, radares. Teníamos astilleros, siderúrgicas, industrias nucleares. Las escuelas técnicas estaban llenas porque había un futuro productivo”.
Menciona con orgullo hitos como el misil Cóndor, el desarrollo del INVAP, los astilleros TANDANOR y Río Santiago, y empresas emblemáticas que fueron desapareciendo tras las políticas de los años 90. “Ese entramado industrial se destruyó deliberadamente. Y sin industria no hay nación soberana”.
Recuperar el rumbo
Frente a ese diagnóstico, la ingeniera propone un camino de reconstrucción basado en la educación, la ética y el trabajo. “No importa el color político. Necesitamos recuperar valores, apostar a la producción nacional, proteger nuestras industrias y formar profesionales comprometidos con el país”.
Considera que las universidades tecnológicas cumplen un rol central en ese proceso. “Son semilleros de conocimiento y de pensamiento crítico. Allí están las herramientas para cambiar la motosierra por herramientas que construyan”.
También plantea la necesidad de una articulación inteligente entre Estado y sector privado, siguiendo ejemplos internacionales como la Ley Jones de Estados Unidos, que protege su industria naval desde 1921. “Los países desarrollados defienden sus intereses estratégicos. Argentina debería hacer lo mismo”.
Un mensaje final de esperanza
A pesar del tono crítico de su análisis, Portatadino no cae en el pesimismo. “Nada está perdido. Tenemos universidades, escuelas técnicas, institutos de investigación y profesionales de enorme capacidad. Con honestidad y planificación podemos volver a ser un país próspero y sostenible.”
Cierra la entrevista con una reflexión que combina historia y actualidad: “Como decía Ortega y Gasset, ‘argentinos, a las cosas’. Es hora de dejar de lado las divisiones y trabajar en serio por el futuro. Solo el conocimiento aplicado y la producción nacional nos permitirán salir adelante.”
Perfil
Alejandra Portatadino es Ingeniera Mecánica, cofundadora de Ingeniería sin Fronteras Argentina, miembro del ASME (American Society of Mechanical Engineers) y del Centro Argentino de Ingenieros. Se desempeña como docente de posgrado invitada en la UTN e integra el equipo técnico del Astillero TANDANOR, donde es responsable de la ejecución de la Base Integrada Logística Antártica en Ushuaia. Formada en el Astillero de Submarinos Ministro Manuel Domecq García, fue gerente de Chevron International y Senior Advisor en Green Cross.

















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