A partir de una imagen que condensa el dolor y la grandeza, el Ing. Mario Félix Ferreyra reflexiona sobre el legado del Grupo de Artillería Aerotransportado 4 de su Córdoba natal, una unidad de elite que combatió con heroísmo en la Guerra de Malvinas y dejó una huella indeleble en la historia argentina.
Hay imágenes que no necesitan palabras. Hay símbolos que, aun en silencio, lo dicen todo.
La escultura de la Patria alada que sostiene a un soldado caído no representa únicamente el dolor de una pérdida: representa también el abrazo eterno de una Nación a sus hijos, el reconocimiento silencioso a quienes dieron todo sin pedir nada.
Esa imagen —tan poderosa como conmovedora— nos invita a detenernos, a mirar hacia adentro y a recordar. Y en ese ejercicio de memoria aparece con fuerza la historia del Grupo de Artillería Aerotransportado 4, el GA Aerot 4, una de las unidades más emblemáticas del Ejército Argentino durante la Guerra de Malvinas de 1982.
Ubicado camino a La Calera, en Córdoba, el GA Aerot 4 no era una unidad más. Era, y sigue siendo, una unidad de elite, integrada por artilleros paracaidistas entrenados para desplegarse rápidamente en el terreno más adverso, llevando consigo no solo sus armas, sino también el compromiso indeclinable con la Patria.
Aquellos hombres —oficiales, suboficiales y soldados— no fueron obligados a ir al frente: eligieron hacerlo. Pese a su compromiso militar, se ofrecieron como voluntarios en un gesto que habla por sí solo del temple y la convicción que los guiaba.
El 23 de abril de 1982 llegaron a las Islas Malvinas. Desde entonces, su historia quedó escrita entre la turba, el viento y el fuego. Desplegados en las cercanías de Puerto Argentino y en escenarios clave como Darwin y Pradera del Ganso, los 368 hombres del grupo cumplieron una misión fundamental: sostener, con su artillería, el esfuerzo defensivo argentino en condiciones extremas.
Sus cañones Oto Melara de 105 mm no solo fueron herramientas de combate, sino también símbolos de resistencia. En cada disparo había precisión, pero también coraje. En cada misión de fuego —ya sea de apoyo directo a la infantería, de hostigamiento a posiciones enemigas o de contraartillería— se ponía en juego algo más que la técnica: se ponía en juego la vida misma.
En Darwin, la Batería “A” protagonizó uno de los capítulos más intensos de la guerra, sosteniendo el fuego en apoyo del Regimiento de Infantería 12 frente al avance británico. Aun sin comunicaciones adecuadas, guiándose por mapas, intuición y la coordinación con otras unidades, lograron mantener una capacidad de combate que sorprendió incluso al enemigo.
Pero quizás el momento más elocuente de su entrega se dio en los días finales del conflicto. Entre el 13 y el 14 de junio, bajo bombardeos constantes, con piezas averiadas, sin relevo y con el enemigo cada vez más cerca, los artilleros del GA Aerot 4 continuaron disparando. Cubrieron el repliegue de otras unidades, sostuvieron la línea hasta el límite de sus fuerzas y, en muchos casos, hasta el límite de sus vidas.
Allí emerge la historia de “La Última Pieza”.
Un cañón que siguió disparando cuando todo parecía perdido. Hombres exhaustos, con las manos quemadas, los oídos sangrando, pero con la voluntad intacta. Disparos que no eran solo proyectiles: eran la expresión última de una decisión irrevocable de no rendirse mientras hubiera algo que defender.
En ese combate final cayeron tres de sus integrantes: los soldados Jorge Romero, Eduardo Vallejo y Néstor Pizarro. Sus nombres resuenan como centinelas de la memoria, como recordatorio permanente de lo que significa el sacrificio por la Nación. Ellos, como tantos otros, quedaron en Malvinas, pero también quedaron para siempre en la conciencia colectiva de los argentinos.
Hoy, al observar esa escultura donde la Patria abraza a un soldado, comprendemos que no se trata únicamente de una representación artística. Es un mensaje. Es una invitación a no olvidar. A entender que la historia no se construye solo con grandes decisiones políticas, sino también —y sobre todo— con pequeños y grandes actos de valor individual.
Desde la Universidad Tecnológica Nacional, y en particular desde nuestra Facultad Regional Tierra del Fuego, asumimos el compromiso de mantener viva esa memoria. No como un ejercicio nostálgico, sino como una responsabilidad ética con las generaciones presentes y futuras. Porque recordar no es quedarse en el pasado: es proyectar un futuro con identidad, con conciencia y con respeto por quienes nos precedieron.
La Patria, como en la escultura, sigue abrazando a sus hijos.
Y nosotros, como sociedad, tenemos la obligación de no soltar ese abrazo nunca.
Mario Félix Ferreyra
Convencional Constituyente (MC)
Prov. Tierra del Fuego
República Argentina


















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