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Elba Nimer, una vida al servicio de los mayores: casi 22 años de entrega, ternura y comunidad en el Hogar San Vicente de Paúl

En una entrevista cargada de emoción, la trabajadora social Elba Nimer repasó casi 22 años como responsable operativa del Hogar de Ancianos San Vicente de Paúl de Río Grande, una institución que ayudó a reconstruir desde una profunda crisis hasta convertirla en un verdadero refugio de cuidado, dignidad y afecto. Con anécdotas entrañables, recuerdos de los residentes, reconocimiento a la solidaridad silenciosa de la comunidad y una mirada serena sobre la vejez y la finitud, dejó un testimonio conmovedor y también aleccionador sobre el valor de servir.

Río Grande (Ramón Taborda Strusiat).- Hay trayectorias que no se miden solamente en años, cargos o funciones, sino en la huella humana que dejan. La de Elba Nimer es una de ellas. Tras casi 22 años al frente de la tarea operativa del Hogar de Ancianos San Vicente de Paúl de Río Grande, la trabajadora social abrió la puerta de sus recuerdos en una charla íntima, cálida y profundamente humana en “La Mañana de la Tecno”, por Radio Universidad 93.5 MHz, y dejó al descubierto una historia atravesada por el compromiso, la vocación, el sufrimiento compartido, la gratitud y el amor cotidiano hacia quienes llegan a la vejez en soledad.

Lejos de cualquier balance administrativo o de una despedida formal, sus palabras construyeron el retrato de una institución que, para muchos vecinos de Río Grande, forma parte del patrimonio sentimental de la ciudad. Y también el retrato de una mujer que hizo del servicio una práctica concreta, silenciosa y perseverante, en contacto diario con la fragilidad, con la memoria y con la dignidad de los últimos años de la vida.

Pero antes incluso de hablar de su tarea, Nimer se detuvo en un detalle que para ella no es menor: el verdadero nombre del hogar. Aunque popularmente todos lo conozcan como Hogar San Vicente de Paúl, explicó que la institución lleva formalmente el nombre de “Purísima Concepción”, una denominación que, según recordó, fue impulsada en su momento por el doctor Adrián Bitsch. El homenaje remite al barco Purísima Concepción, que habría encallado en costas fueguinas en el siglo XVIII y en cuyo marco se habría celebrado, según esa tradición histórica, la primera misa en suelo de Tierra del Fuego. Incluso mencionó que esa información figura en un libro de la misión salesiana y evocó con afecto al doctor Bitsch, a quien definió más como un apasionado del tema que como un académico formal. Esa referencia inicial, aparentemente lateral, ya dice mucho del espíritu con el que Nimer miró siempre al hogar: no como un edificio o una prestación, sino como una institución con identidad, historia y pertenencia comunitaria.

 

Los comienzos de Elba en el Hogar

Tras casi 22 años al frente de la tarea operativa del Hogar de Ancianos San Vicente de Paúl de Río Grande, la trabajadora social Elba Nimer abrió la puerta de sus recuerdos en una charla íntima, cálida y profundamente humana en “La Mañana de la Tecno”, por Radio Universidad 93.5 MHz, y dejó al descubierto una historia atravesada por el compromiso, la vocación, el sufrimiento compartido, la gratitud y el amor cotidiano hacia quienes llegan a la vejez en soledad.

Su llegada al establecimiento se produjo en 2004, en medio de una situación crítica. Según relató, en aquel momento se había desdibujado la finalidad del servicio que brindaba el hogar y comenzaron a hacerse visibles problemas serios en el cuidado de los residentes. La institución depende de la Obra de San Vicente de Paúl, aunque su funcionamiento cotidiano está acompañado por una comisión administradora local presidida por Rachel Scoffield viuda de Apolinaire. Sin embargo, la crisis de entonces obligó a intervenir. Fue allí cuando surgió la necesidad de crear una figura nueva, alguien ajeno a la comisión que pudiera hacerse cargo de la gestión diaria, de lo interno, del día a día. Así nació el rol de gerente, y Elba Nimer fue la primera en ocuparlo.

La convocatoria llegó de manera casi personal y urgente. Una referente se acercó a su casa para transmitirle la gravedad del cuadro y preguntarle si estaba dispuesta a acompañar el proceso. Nimer aceptó, aunque confesó que no conocía la dimensión real de lo que iba a encontrar. Cuando ingresó, dijo, la situación era “muy, muy crítica”: los adultos mayores estaban mal atendidos y, sobre todo, mal cuidados. A partir de ese punto comenzó una tarea extensa, compleja y profundamente humana: revertir aquella realidad, reconstruir criterios de atención y devolverles dignidad a quienes vivían allí.

No fue un trabajo de semanas ni de meses. Fue un proceso largo. Casi una vida. Y acaso por eso su decisión de retirarse tiene un peso particular. Lo explicó con una mezcla de ironía, lucidez y aceptación del paso del tiempo: en los últimos tiempos habían ingresado cuatro o cinco residentes que eran menores que ella. “La finitud nos llega a todos”, resumió. En esa frase, dicha sin dramatismo, se condensan años de convivencia con la vejez y con la conciencia de que nadie queda afuera del ciclo de la vida.

 

Las anécdotas mezcladas con vivencias

 

A lo largo de la entrevista, Nimer dejó en claro que hablar del hogar es hablar de personas concretas, de historias mínimas y de escenas que revelan más que cualquier definición teórica. Una de las anécdotas más potentes que compartió fue la del “Chule”, un personaje muy conocido en Río Grande, apodado así —según recordó— por una lesión en uno de sus brazos, producto de su juventud como boxeador. Era un hombre sociable, querido por muchos, y tenía a su cargo una tarea simple pero significativa: ir a buscar el pan que Carrefour proveía para el hogar. Cumplía con esa misión todos los días, aunque se demorara más de lo previsto porque en el camino se detenía a hablar con medio mundo. El problema era su adicción, que lo ponía en riesgo y obligaba a estar pendientes de sus salidas y regresos.

Nimer recordó que solía advertirle, con firmeza pero también con afecto, que si a él le pasaba algo, quien tendría que dar explicaciones sería ella, porque estaba a cargo del hogar. Esa conversación se repitió una y otra vez hasta que un día el Chule se paró en la puerta de su oficina y le dijo una frase que la marcó para siempre: “Señora, no voy a tomar más, porque no quiero que su nombre ande rodando por la calle”. Y cumplió. No volvió a tomar. Para Nimer, aquel gesto fue “un gran acto de amor”. También una lección sobre el modo en que la autoridad, cuando está construida desde el vínculo y la responsabilidad genuina, puede generar transformaciones profundas.

No fue la única historia que compartió. En el hogar, contó, vivieron y viven muchos hombres chilenos, en su mayoría trabajadores rurales que llegaron jóvenes al campo, entregaron allí sus mejores años, pero nunca consolidaron un proyecto familiar. Con el tiempo, al llegar a los 80 años y perder autonomía, quedaron solos. El hogar aparece entonces como el lugar posible para atravesar la última etapa de la vida con cuidado y acompañamiento. Esa descripción no es menor: detrás de cada residente hay también un fragmento de la historia productiva y social de Río Grande. Muchos de esos hombres contribuyeron a construir la ciudad, aunque terminaran sus días en soledad.

Por eso, explicó Nimer, una parte esencial del trabajo consistía no solo en atender necesidades básicas, sino en ofrecer experiencias que nunca habían podido permitirse. Allí surgió otra escena entrañable: la de don Ricardo, un residente cercano a los 90 años, que durante un asado vio unas morcillas y preguntó con absoluta naturalidad si se las iban a comer crudas. Nunca había sabido que ya estaban cocidas. Ese episodio, que puede parecer pequeño, revela un mundo: hay personas que trabajaron toda su vida sin acceder a placeres simples, sin tiempo para el ocio, sin espacios de recreación o disfrute. Mostrarles cantantes, proponerles juegos, invitarlos a compartir una picada o simplemente habilitarles un rato de alegría era, en la mirada de Nimer, otra forma de justicia.

 

La red invisible de la solidaridad

 

En ese camino, remarcó, la comunidad de Río Grande cumplió un papel decisivo. La imagen que emerge de su relato no es la de una institución aislada, sino la de una casa profundamente sostenida por una red de solidaridad, a veces visible y a veces silenciosa. Cuando se le preguntó por el acompañamiento del sector público, respondió que existió, aunque muchas veces no fuera ostensible. Recordó especialmente lo ocurrido durante la pandemia, un tiempo límite para cualquier institución que aloja adultos mayores. Como el hogar no es formalmente una institución de salud, ella y la comisión administradora advirtieron que, ante una crisis severa, la lógica sanitaria podría priorizar a personas más jóvenes por sobre residentes de 80 años o más. Frente a ese riesgo, elevaron una nota al Municipio de Río Grande para pedir acompañamiento.

La respuesta llegó cuando más hacía falta. El día que siete residentes dieron positivo de COVID-19, Nimer llamó al intendente Martín Pérez. La respuesta fue inmediata: “No te preocupes, lo resolvemos”. Para la una de la tarde, los siete ya estaban alojados en el centro de emergencia municipal, donde permanecieron hasta superar la enfermedad y luego regresar al hogar. Nimer insistió en que esas cosas deben ser dichas, porque fueron importantes y concretas. En tiempos en que muchas veces la política se mide por slogans o gestos vacíos, su testimonio reivindicó una forma de presencia estatal eficaz, sin estridencias y orientada al cuidado.

La vida del hogar, sin embargo, no se sostuvo solo con ayuda pública. Tal vez uno de los aspectos más conmovedores de su relato fue el reconocimiento a esa legión de colaboradores anónimos o discretos que, durante años, hicieron aportes materiales, afectivos y humanos. Entre ellos, mencionó a vecinos que llevaban picadas los viernes para generar un momento de disfrute; a empleados de Carrefour que se organizaron para sostener esa costumbre; a Elba Matosky, que durante alrededor de 15 años continuó esa tarea con una constancia admirable y que aún hoy sigue presente en cumpleaños y eventos; a voluntarios de la comunidad; a estudiantes de la Universidad Siglo XXI que, como parte de una materia vinculada a la solidaridad, pasaban tres meses haciendo actividades con los residentes; y a numerosas personas que acercaban lo que hiciera falta sin esperar reconocimiento alguno.

Sobre los alumnos de la Universidad Siglo 21 dejó una observación especialmente valiosa. Dijo que a ellos les aclaraba que no eran ellos quienes enseñaban solidaridad a los mayores, sino al revés: eran los viejos quienes les enseñaban a ellos. Esa inversión del sentido común dice mucho del enfoque de Nimer. En el hogar no veía sujetos pasivos que reciben ayuda, sino personas con experiencia, con saber y con humanidad para ofrecer. La solidaridad, así entendida, no es caridad vertical sino encuentro.

También describió la enorme ayuda de quienes colaboraron con equipamiento. Recordó que en un momento debían llevar sillas de ruedas a reparar, sobre todo porque los traslados por veredas en mal estado para los tratamientos de diálisis las deterioraban con frecuencia. A partir de esa necesidad, y casi de manera inesperada, consiguieron a través de miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días un equipamiento importante: seis sillas de ruedas, varias camas ortopédicas, colchones antiescaras y otros insumos. Del mismo modo evocó la llegada de una lavadora industrial gestionada desde Chile, gracias a la intervención de un ingeniero chileno vinculado a una importante empresa de telecomunicaciones, que había visitado la institución a partir de referencias del ex cónsul Roberto Ruiz Piracés. Cuando preguntó qué necesitaban, Nimer fue concreta: una lavadora industrial, indispensable para una institución donde se lava ropa en gran cantidad y los aparatos domésticos no resisten. Con el acompañamiento del jefe de Aduana y la colaboración de la jueza federal Mariel Borruto, en una semana el equipo estaba en el hogar.

La jueza Borruto fue, de hecho, otra de las figuras que Nimer destacó. No solo como colaboradora constante de la obra de San Vicente, sino también por su ingenio y compromiso durante la pandemia, cuando imponía como parte de ciertas sanciones la entrega de alcohol y lavandina, productos que luego eran destinados al hogar. Lo contó con una sonrisa, pero detrás de la anécdota aparece una idea fuerte: la justicia, como otras instituciones de la comunidad, también puede encarnar una dimensión solidaria concreta.

Nimer quiso además reconocer a dos actores permanentes en la ayuda al hogar: la familia San Juan, vinculada a la Farmacia del Pueblo, y la familia Barylac, de Farmacia Austral. Fue muy cuidadosa al remarcar que sería injusto reducir el mérito a un solo nombre, porque en ambos casos se trató del acompañamiento continuo de familias enteras. Insumos, pañales, elementos de cuidado, medicamentos o cualquier necesidad específica: según dijo, siempre estuvieron atentos, tanto en la pandemia como fuera de ella.

A esa red se suman también las trabajadoras que el Municipio de Río Grande provee para tareas cotidianas, la Policía provincial, los Bomberos y tantos otros actores comunitarios que, según resaltó, acompañan al hogar de una manera notable. Nimer fue particularmente elogiosa con la fuerza policial: dijo que cuando algún residente se extravía o se pierde por un rato, la reacción es inmediata y la respuesta, eficaz. Lo mismo señaló respecto de los bomberos. Para ella, el hogar, junto con instituciones tradicionales como el Club Social y el Club San Martín, forma parte de esas estructuras que los viejos pobladores sienten como propias, como parte del corazón de Río Grande.

 

La vida cotidiana del Hogar

 

Esa pertenencia se expresa también en la cotidianeidad interna. Nimer describió la rutina del hogar con una idea rectora: procurar que los residentes tengan una vida lo más parecida posible a la de cualquier casa de familia. Se levantan a las siete de la mañana, se higienizan, desayunan a las ocho y luego transcurren el día según sus posibilidades e intereses. Algunos son autoválidos, hacen trámites, salen a visitar amigos, compran golosinas o regresan a espacios que frecuentaban antes de ingresar. Incluso mencionó un acuerdo tácito con el bar Petrolero para que a quienes concurren no se les sirva más de un vasito de vino, de modo tal que puedan sostener una parte de su rutina social sin exponerse a excesos.

Después llega el almuerzo, la siesta para muchos, la merienda a las cuatro de la tarde y distintas actividades recreativas. Algunos usan bicicleta fija, otros siguen novelas, otros miran televisión o juegan a las cartas, aunque Nimer aclaró entre risas que disfrutan más de jugar con visitantes que entre ellos, porque “no tienen mucha paciencia”. Los dormitorios tienen televisor, hay un ambiente amplio, luminoso, armonioso, y la prioridad está puesta en que el lugar no sea vivido como un depósito de ancianos, sino como una casa habitable, amable y digna.

Cuando la conversación derivó hacia la muerte, el tono no se volvió sombrío. Al contrario, Nimer habló de la finitud con una serenidad nacida de la experiencia. Dijo que para quienes han permanecido mucho tiempo en el hogar, ese final se entiende con claridad. Han conversado filosóficamente sobre el sentido de la vida y sobre la necesidad de comprender que lo importante es vivir plenamente el tiempo que queda, mucho o poco. No se trata de dramatizar el final, sino de hacer que cada día tenga valor. Esa mirada, nacida del contacto permanente con la vejez, es una de las dimensiones más aleccionadoras de su testimonio: no negarse a la muerte, sino impedir que su certeza opaque la vida.

También destacó el vínculo histórico del hogar con la comunidad chilena. No es casual que cada cónsul que llega a Río Grande visite la institución. Hay allí un reconocimiento profundo por el modo en que Argentina cuida a muchos de sus connacionales en la última etapa de sus vidas. Según señaló, el último cónsul fue especialmente comprometido, al punto de involucrarse directamente en la resolución de trámites y problemas puntuales de los residentes, más allá del acompañamiento institucional a la casa.

 

La mujer que llegó al horizonte

 

Hacia el final de la entrevista hubo tiempo para la biografía, y allí apareció otra trama significativa. Elba Nimer nació en Dolores, provincia de Buenos Aires, el 19 de octubre de 1951. En 2026 cumple 75 años, y en 2025 celebró 50 años de recibida como trabajadora social. Inició su labor en 1976, hizo suplencias en Maipú y luego ganó un concurso en la Municipalidad de Tordillo. Sin embargo, una sombra personal la incomodaba: siempre quedó la duda de si había ganado ese cargo por mérito propio o por los vínculos de su padre con funcionarios locales. Esa incomodidad ética también la define.

Su llegada a Tierra del Fuego estuvo marcada por un hecho dramático: la gran inundación de 1980 en la provincia de Buenos Aires. Después de trabajar en defensa civil junto a Prefectura y la Fuerza Aérea, en medio de una devastación que la dejó impotente, se preguntó en voz alta dónde existía un lugar que no se inundara. La respuesta, medio en broma, medio en serio, fue: una isla. Y esa isla era Tierra del Fuego. Llegó a Río Grande en 1980 casi como turista, con la idea de probar suerte. Pero apenas supieron que era asistente social y que venía de trabajar en emergencias, la contrataron en el hospital local. La coyuntura del conflicto con Chile de esos años daba aún más valor a ese perfil profesional. Así comenzó una larga carrera en el territorio, vinculada al área de salud y al trabajo social. Incluso recordó que quien firmó su primer sueldo fue José Arturo Estabillo, años antes de convertirse en el primer gobernador de la provincia.

Su salida del hogar dejará ahora la posta en manos de Julio Cuenca, su ex esposo, quien lleva muchos años trabajando en la institución y estaba a cargo del área de enfermería, junto a una licenciada en enfermería y un trabajador social que cumplirá con las exigencias del PAMI en la faz preventiva-social. La transición, por lo tanto, parece asentarse en la continuidad y en la experiencia acumulada.

Antes de cerrar, Nimer dijo que por ahora se tomará marzo como vacaciones. Pero su despedida no tuvo tono de final definitivo. Más bien sonó como el de alguien que sabe que ha cumplido una etapa inmensa y que ahora le toca a otros seguir. Su último mensaje fue de agradecimiento a la comunidad toda por haber acompañado durante tantos años la obra del hogar y un pedido simple, pero fundamental: que sigan acompañando a quienes están ahora, porque la institución lo merece.

Eso, en definitiva, es lo que deja su testimonio. No solo el repaso de una gestión extensa y valiosa, sino una verdadera lección de humanidad. El hogar que Elba Nimer ayudó a reconstruir no fue únicamente un espacio para alojar a personas mayores sin red familiar. Fue una casa donde el cuidado se volvió vínculo, donde la disciplina nunca estuvo reñida con la ternura, donde la vejez no se redujo a la espera del final y donde la comunidad de Río Grande mostró, una y otra vez, su costado más generoso.

En tiempos de individualismo, de urgencias y de miradas utilitarias sobre la vida, la historia de Elba Nimer y del Hogar San Vicente de Paúl recuerda algo esencial: una sociedad se mide también por el modo en que trata a sus mayores. Y en esa medida, el servicio silencioso, la mano tendida, la paciencia, la escucha y la dignidad compartida valen tanto como cualquier gran obra pública o cualquier discurso rimbombante.

Durante casi 22 años, Elba Nimer hizo exactamente eso: cuidar, ordenar, acompañar, contener, agradecer y sostener. Y en ese gesto cotidiano, repetido miles de veces, construyó una obra mucho más profunda que una gestión. Construyó una comunidad alrededor del cuidado.

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