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Bonpland, Malvinas y Tierra del Fuego: el archivo de París que incomoda al colonialismo

Una investigación del historiador fueguino David Guevara reconstruye el camino de unas muestras geológicas entregadas por Luís Vernet al naturalista francés Aimé (Amado) Bonpland en 1832. Bonpland las estudió y las envió al Museo de Historia Natural de París, donde quedaron registradas como procedentes de “Islas Malvinas e Isla de los Estados, Tierra del Fuego, Argentina”. El hallazgo, publicado en la revista científica Bonplandia, suma un antecedente inesperado en la trama de soberanía y ciencia.

Río Grande (Ramón Taborda Strusiat).- A veces la Historia no se escribe con banderas, sino con catálogos. Con tinta prolija, en cuadernos que pasan de mano en mano hasta quedar guardados durante décadas en el silencio clínico de una biblioteca. Y, sin embargo, hay papeles que vuelven a hablar cuando alguien decide ir a buscarlos.

Eso es lo que hizo el historiador fueguino David Guevara: enlazar archivos, viajar, pedir autorizaciones, abrir legajos en París y sincronizar manuscritos con registros argentinos. El resultado –dice– no es una conjetura ni una interpretación: es una trazabilidad documental que vuelve a poner a Aimé Bonpland en un lugar incómodo para la historia “central” y, sobre todo, para la discusión sobre Malvinas.

Aimé Bonpland (1773–1858) fue un brillante naturalista, médico y botánico francés, cuya figura ha sido históricamente opacada por su compañero de expedición, Alexander von Humboldt.

 

El sabio del Litoral y el francés de la Ilustración

 

En el Litoral argentino lo nombran de otro modo: Amado Bonpland o “Don Amado”, el caraí arandú de los guaraníes. Médico formado en París y botánico decisivo en el conocimiento moderno de la yerba mate, Bonpland (1773–1858) encarna, para Guevara, una figura que todavía no termina de ocupar el lugar que le corresponde.

Su biografía atraviesa la Ilustración, la Revolución Francesa y el gran salto científico de comienzos del siglo XIX. Fue compañero de expedición de Alexander von Humboldt en el célebre “Viaje a tierras equinocciales” (1799–1804), considerado por muchos como un “segundo descubrimiento” científico de América. En esa dupla, dice Guevara, Humboldt puso los recursos y la impronta de noble prusiano; Bonpland aportó el corazón botánico del viaje, el trabajo de campo, el registro, la anatomía y la precisión del científico que escribía mucho y publicaba poco.

Esa “sombra” en la que quedó Bonpland –según Guevara– no se explica por falta de méritos, sino por contexto: el francés de la Revolución no era un apellido cómodo en el tablero europeo y, además, la posteridad tendió a simplificar el relato en torno a Humboldt.

 

Buenos Aires, 1817: plantas vivas, semillas y una red política

 

La entrevista vuelve sobre un episodio que ilumina esa trama: Bonpland llega al puerto de Buenos Aires en 1817 con un cargamento descomunal de plantas vivas, semillas y material de trabajo, acompañado por jardineros formados con él en Francia. Su desembarco coincide con una Argentina política cambiante y con un círculo de contactos que lo conectan con el proceso independentista.

Guevara sostiene que el vínculo Bonpland–San Martín está documentado en archivos franceses: un cruce por la familia Escalada, encuentros en Buenos Aires y el registro de donaciones botánicas. En esa escena íntima –plantas entregadas una por una, anotadas como quien deja constancia de un gesto– se dibuja un Bonpland plenamente americano: científico, pero también actor en una red de ideas, logias, bibliotecas y proyectos de Estado.

 

1832: el encuentro con Vernet y las muestras que viajaron a París

 

Pero el punto de inflexión no está en 1817 ni en la leyenda romántica de los próceres. Está en 1832, cuando Bonpland coincide en Buenos Aires con Luís Vernet, primer gobernador y comandante argentino de las Islas Malvinas. Según la investigación de Guevara, Vernet le entrega a Bonpland muestras geológicas provenientes de Malvinas y también de la Isla de los Estados, en el extremo fueguino.

Lo decisivo es lo que viene después: Bonpland no “guarda” esas piezas como curiosidad. Las estudia y luego las envía al Museo Nacional de Historia Natural de París, donde quedan registradas en un catálogo manuscrito que Guevara identificó en archivos no digitalizados (manuscrito MS 210, entre otros registros asociados).

Ahí aparece la frase que cambia el tono de toda la discusión: las muestras quedan asentadas como procedentes de “Islas Malvinas e Isla de los Estados, Tierra del Fuego, Argentina”. No es un slogan, no es un editorial: es un registro de museo del siglo XIX, generado a partir de un envío científico y un procedimiento administrativo de clasificación.

La cronología, además, vuelve el dato todavía más incómodo: para 1833 ya se había consumado la ocupación británica de las islas. Sin embargo, el circuito científico y archivístico que Guevara reconstruye deja huellas previas y posteriores en las que Malvinas aparece asociada a Argentina en el plano de la procedencia y el envío.

 

“El primer relevamiento geológico” y el valor de la trazabilidad

 

Guevara lo plantea sin grandilocuencias: si esas muestras fueron registradas, descritas y catalogadas por Bonpland, entonces el naturalista francés queda vinculado a uno de los primeros antecedentes geológicos documentados relacionados con Malvinas.

En su trabajo publicado, el investigador pone el acento en el valor histórico de ese registro y en el recorrido material de la evidencia: de Vernet a Bonpland, de Buenos Aires a París, de un paquete de muestras a un catálogo que sobrevivió casi dos siglos. “La trazabilidad”, insiste, es lo que le da densidad al hallazgo: no alcanza con contar una historia, hay que poder mostrar el camino.

Ese enfoque aparece desarrollado en el artículo de Bonplandia (revista del Instituto de Botánica del Nordeste –IBONE/UNNE), donde el autor describe el origen de las muestras y la documentación revisada en el museo parisino.

 

Del Atlántico Sur al mapa fueguino: el río Bonpland de Popper

 

La entrevista abre luego otra puerta: Tierra del Fuego también habla Bonpland. Y lo hace en un nombre que sigue ahí, pegado al territorio.

Guevara explica que Julio Popper –ingeniero y explorador que realizó trabajos cartográficos y expediciones en Tierra del Fuego a fines del siglo XIX– bautiza en su toponimia un curso de agua como río Bonpland, un río que desemboca en Bahía Aguirre. El gesto, para el historiador, no es casual: Popper estudió en París y, en ese universo académico, Bonpland tenía reconocimiento científico. El nombre sería entonces una marca de prestigio y pertenencia a una genealogía de exploradores y naturalistas.

La conclusión que propone Guevara funciona como síntesis fueguina: Bonpland no queda atado al Litoral ni a la botánica, sino que aparece –por archivos, muestras y mapas– conectado con el Atlántico Sur y con la geografía del extremo austral.

 

Cuando un catálogo se vuelve política

 

En el tramo final, la charla deja planteada una discusión inevitable: ¿qué vale más como antecedente, una proclama o un documento?

Guevara insinúa una línea que excede el mundo académico: si el registro parisino afirma procedencias argentinas para Malvinas e Isla de los Estados en un circuito científico del siglo XIX, entonces esa documentación podría tener interés para ámbitos institucionales vinculados a soberanía y política exterior.

No porque un museo “resuelva” un litigio, sino porque la ciencia también produce huellas de Estado: quién envía, desde dónde, con qué autoridad, bajo qué denominación se clasifica, qué palabra queda escrita y archivada.

Y a veces, en el idioma seco de un catálogo, aparece una frase que pesa como un ancla: Malvinas, Argentina.

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