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Cecilia Bayá Tiscornia, una vida dedicada a enseñar: el emotivo homenaje a una docente que dejó huella en generaciones de estudiantes

La profesora Cecilia Bayá Tiscornia fue reconocida en Radio Universidad tras su jubilación del Colegio Integral de Educación Río Grande. Con más de tres décadas de trayectoria en el aula y una profunda vocación de servicio, también continúa siendo parte de la Facultad Regional Tierra del Fuego de la UTN, donde su nombre ya forma parte de la memoria afectiva de cientos de alumnos y colegas.

Río Grande (Ramón Taborda Strusiat).- En tiempos donde la educación suele medirse en estadísticas, planificaciones y resultados, hay trayectorias que obligan a detenerse en lo verdaderamente importante: la huella humana. Ese fue el clima que se vivió en el programa “Nuestra Facultad en Frecuencia”, que se emite por Radio Universidad 93.5 MHz y es conducido por el ingeniero Francisco Javier Álvarez —vicedecano y decano electo de la Facultad Regional Tierra del Fuego de la UTN— junto a la licenciada Sandra Vera.

Allí, en un segmento especial cargado de emoción, recuerdos y gratitud, fue homenajeada la profesora Cecilia Bayá Tiscornia, quien recientemente se jubiló del Colegio Integral de Educación Río Grande (CIERG), aunque sigue siendo parte de la vida académica de la UTN fueguina. La entrevista, atravesada por la calidez de los afectos y la admiración sincera de quienes compartieron con ella años de trabajo, dejó al descubierto el perfil de una educadora excepcional: comprometida, paciente, cercana y profundamente querida.

 

Una docente de las que dejan marca

 

No hizo falta demasiada introducción para entender el lugar que Cecilia Bayá ocupa en la comunidad educativa de Río Grande. Fue el propio ingeniero Álvarez quien trazó un retrato elocuente de su compañera, al recordar que compartieron innumerables experiencias tanto en la universidad como en el colegio, y al definirla sin rodeos como una de las mejores docentes que vio frente a un curso.

Lo dijo desde la experiencia concreta, desde haber observado sus clases, su modo de explicar, su serenidad ante la insistencia de los alumnos y, sobre todo, su capacidad para sostener siempre el vínculo pedagógico con una paciencia inalterable. Una virtud que, según destacó, no era menor en aulas numerosas, exigentes y atravesadas por la complejidad propia de los primeros años universitarios o de la adolescencia en la escuela media.

Pero el reconocimiento no quedó solo en palabras institucionales. El homenaje se volvió todavía más potente al evocarse la despedida que le tributaron sus propios estudiantes del CIERG. Allí apareció la medida real de su legado: una comunidad estudiantil movilizada por el cariño, el respeto y la memoria agradecida.

 

Mafalda, los abrazos y una despedida imposible de olvidar

 

Entre las imágenes más conmovedoras que surgieron durante la charla apareció una en particular: la gigantografía que los alumnos prepararon para despedirla, inspirada en Mafalda, personaje del que Cecilia se declara fanática. Durante una semana, los estudiantes vistieron el colegio con los personajes del universo de Quino, acompañados por frases célebres, hasta coronar el homenaje con una imagen de la profesora abrazando a Mafalda.

Ese regalo, confesó Cecilia, todavía lo conserva colgado. Otras cosas, dijo con dolor y ternura, debió dejarlas ir. Pero esa imagen quedó como síntesis perfecta de una vida en la que enseñar no fue solamente transmitir conocimientos, sino construir lazos, encender afectos y volverse parte de la historia íntima de una institución.

La escena de aquella despedida, relatada al aire, volvió a poner en palabras algo que muchas veces ocurre en silencio en las escuelas: los adolescentes, aun con sus rebeldías, sus idas y vueltas y sus tiempos, saben reconocer a quienes los marcaron de verdad. Y cuando llega el momento, lo expresan con una pureza desarmante.

 

De Buenos Aires a Río Grande, una historia atravesada por el amor y la vocación

 

Cecilia Bayá Tiscornia nació en Capital Federal, pero vivió gran parte de su vida en Bella Vista, provincia de Buenos Aires. A Río Grande llegó en 1991, “por amor”, según contó ella misma con sencillez. Había sostenido durante un año una relación a distancia con quien luego sería su esposo, Claudio, y finalmente decidió instalarse en la ciudad fueguina, donde terminaría construyendo no solo una familia, sino también una trayectoria profesional inmensa.

Recién recibida, comenzó a dar sus primeros pasos en la UTN fueguina como docente ad honorem en el curso de ingreso. Más tarde se incorporó a cátedras del área de matemática, como Álgebra y Análisis, iniciando así un largo camino dentro de la vida universitaria. En 1994, además, fue convocada para sumarse al CIERG, donde se convirtió, nada menos, que en la primera profesora en dar clases en esa institución.

Aquella anécdota, narrada con humor, tiene algo de símbolo: los alumnos comenzaron su primer día de clases con matemática y con Cecilia al frente. A partir de allí, fueron más de treinta años de presencia constante, de acompañamiento, de exigencia con sentido, de compromiso con la escuela como proyecto colectivo.

 

La escuela como casa, la docencia como forma de estar

 

Durante la entrevista, Cecilia dejó ver una concepción profunda de la tarea docente. Contó que siempre sintió al colegio como algo propio y que así se lo transmitía a los estudiantes, especialmente cuando aparecían tensiones vinculadas a normas o cuestiones disciplinarias. Para ella, la escuela no era un espacio ajeno ni una estructura impuesta: era una casa común.

Por eso insistía en que cuando se hablaba bien o mal de la institución, también se hablaba de quienes la habitaban: alumnos, docentes, comunidad. Enseñar, en esa mirada, implicaba también formar sentido de pertenencia, ayudar a comprender que cuidar la escuela es también cuidarse entre todos.

No era una postura superficial. En sus palabras apareció con claridad una idea que hoy cobra especial valor: la educación no se agota en los contenidos. Cecilia lo expresó sin solemnidad, pero con enorme contundencia, al señalar que nunca le interesó tener un alumno de diez si ese alumno no era un buen compañero. A lo largo de su vida profesional, dijo, trató no solo de enseñar matemática, sino también respeto, valores, convivencia.

Ahí radica quizá una de las claves de su reconocimiento: no fue una profesora que se limitó a “dar clase”. Fue una educadora que entendió que enseñar es también mirar, escuchar, intervenir, contener y formar personas.

 

Entre adolescentes y universitarios, dos mundos, una misma pasión

 

La profesora Cecilia Bayá Tiscornia en el programa “Nuestra Facultad en Frecuencia”, que se emite por Radio Universidad 93.5 MHz y es conducido por el ingeniero Francisco Javier Álvarez —vicedecano y decano electo de la Facultad Regional Tierra del Fuego de la UTN— junto a la licenciada Sandra Vera.

Uno de los pasajes más ricos de la charla fue el que permitió asomarse a las diferencias entre la escuela secundaria y la universidad. Cecilia describió al secundario como un ámbito donde el vínculo es más personal, más afectivo, aunque también más demandante. Allí el docente no solo debe ocuparse del aprendizaje, sino también estar atento a los vínculos entre pares, a posibles conflictos, discriminaciones, hostigamientos o situaciones de fragilidad emocional.

En la universidad, en cambio, explicó, la atención puede estar más concentrada en lo pedagógico y académico. Pero eso no quita exigencia. Al contrario: las materias de los primeros años, especialmente en ingeniería, suelen reunir una enorme cantidad de estudiantes, lo que requiere aplomo, organización y un dominio particular del aula.

Álvarez lo subrayó con crudeza: no es lo mismo dar clases en primer año, con cientos de alumnos, que en cursos avanzados con apenas un puñado de estudiantes. En ese contexto, el trabajo de docentes como Cecilia adquiere un valor todavía más evidente.

Ella misma admitió que muchas veces reconoce rostros, historias, recorridos, pero no siempre puede asociarlos con un nombre. Es lógico: durante más de tres décadas pasaron por sus clases centenares y centenares de jóvenes. Sin embargo, ellos sí la recuerdan. Y la saludan, la abrazan, la reconocen en los pasillos o fuera de la institución. Ese ida y vuelta, ese gesto espontáneo que persiste en el tiempo, es una de las formas más genuinas del reconocimiento.

 

La pandemia, el gran desafío inesperado

 

Cuando se le preguntó cuál había sido el mayor desafío de su carrera, Cecilia no dudó: la pandemia.

Para una docente formada en otras lógicas, acostumbrada al pizarrón, a la presencia física y al contacto directo con sus alumnos, el salto abrupto hacia la virtualidad representó una prueba enorme. Ella misma se definió como poco cercana a la tecnología y recordó las dificultades iniciales para adaptarse al Zoom, a las grabaciones, a la producción de materiales digitales.

Sin embargo, lejos de paralizarla, ese contexto la empujó a reinventarse. Armó apuntes, cuadernillos, PDFs con explicaciones, ejercicios resueltos y propuestas de práctica. Grabó clases. Se apoyó en su familia. Aprendió. Hizo lo que hacen los buenos docentes cuando las condiciones se vuelven adversas: encontró la forma de llegar igual.

Ese esfuerzo no quedó en el pasado. Según contaron en el programa, muchas de aquellas clases grabadas siguen siendo consultadas por estudiantes que encuentran allí una herramienta valiosa para reforzar conocimientos, aclarar dudas o volver sobre temas complejos. La docencia de Cecilia, incluso en esa circunstancia extraordinaria, supo dejar recursos que aún hoy acompañan trayectorias.

 

La preocupación por enseñar en tiempos de pantallas

 

Como tantos docentes, Bayá también reflexionó sobre los cambios que introdujeron los celulares, las aplicaciones y la inteligencia artificial en el aula. Admitió que se trata de un desafío difícil y que muchas veces el uso del teléfono se vuelve una fuente de dispersión más que una herramienta de aprendizaje.

Se mostró especialmente preocupada por la pérdida de hábitos como tomar apuntes o resolver ejercicios de puño y letra, procesos que, para ella, son fundamentales en la incorporación real del conocimiento. Sacar una foto al pizarrón, copiar una práctica o dejar que una aplicación resuelva todo puede dar una ilusión de avance, pero no garantiza comprensión.

Su mirada no fue nostálgica ni cerrada, sino realista: la tecnología puede ofrecer recursos valiosos, pero no reemplaza el trabajo personal, el esfuerzo intelectual ni el proceso interno de apropiarse de lo aprendido.

 

Mujeres en ingeniería, un cambio que celebró en primera fila

 

Otro aspecto que surgió en la conversación fue la evolución del rol de la mujer en las carreras de ingeniería. Cecilia valoró especialmente el crecimiento de la presencia femenina en ese ámbito, históricamente asociado a lo masculino. Dijo que cada vez se ven más chicas eligiendo esas carreras y que eso resulta profundamente positivo.

Desde su experiencia no observó, en el aula, situaciones de trato diferencial hacia las mujeres, pero sí destacó la importancia de este cambio cultural. En la mesa coincidieron en que, aunque todavía ingresan menos mujeres que hombres, la tasa de graduación femenina suele ser superior, y muchas de esas egresadas terminan regresando a la UTN como docentes o profesionales vinculadas al sistema académico.

Ese dato, que se repite cada vez con más fuerza, fue leído como una señal de pertenencia y de continuidad: mujeres que se forman, se destacan y luego vuelven para acompañar a nuevas generaciones.

 

Música, hockey y una manera integral de habitar la escuela

 

La figura de Cecilia Bayá no quedó reducida a la clase tradicional. Durante el programa también aparecieron otras facetas que explican por qué su paso por el CIERG fue tan significativo.

Una de ellas fue su participación en los llamados “viernes acústicos”, una propuesta impulsada en la escuela para que estudiantes compartan música en los recreos. Ella, sin complejos y con el espíritu lúdico de quien entiende que la escuela también debe ser un lugar de disfrute, se animó a cantar junto a los chicos, a participar, a mostrarse desde otro lugar.

La otra gran pasión fue el deporte, especialmente el hockey. Jugadora desde joven, continuó vinculada a esa disciplina en Río Grande y llegó a desarrollar una intensa actividad en el club universitario. Dio clases, acompañó equipos, sostuvo la relación con la federación y fue parte de procesos deportivos que alcanzaron hitos importantes, como la participación en los Juegos Evita.

También allí dejó marca. Muchas de aquellas jugadoras continuaron ligadas al hockey, algunas incluso en otras provincias, mientras avanzaban en sus estudios. La experiencia deportiva, como la educativa, también fue para Cecilia un espacio de formación, pertenencia y crecimiento.

 

La jubilación como cierre y como comienzo

 

Lejos de mostrar una despedida melancólica, la entrevista permitió ver a una Cecilia emocionada, agradecida, algo avergonzada por tantos elogios, pero también serena frente a una nueva etapa.

Contó que ya venía incursionando en el mosaiquismo y que ahora, con más tiempo disponible, comenzó también un taller de carpintería. Además, retomó actividades vinculadas al agua, otro de sus grandes amores. Todo indica que la jubilación no será para ella un tiempo de quietud, sino una nueva estación para seguir haciendo, aprendiendo y disfrutando.

Quizá por eso el homenaje tuvo un tono tan bello: no fue una despedida definitiva, sino una celebración de todo lo sembrado y una manera de decir gracias antes de que la rutina termine de asumir una ausencia que, sin dudas, se va a sentir.

 

Una huella que permanece

 

Hacia el cierre del programa, las palabras de sus compañeros terminaron de condensar el sentido de la jornada. Sandra Vera le transmitió el cariño de toda la comunidad no docente y resaltó que jamás escucharon un reclamo sobre su labor, algo tan infrecuente como revelador. Francisco Álvarez, por su parte, volvió a agradecerle no solo por su trabajo, sino también por su escucha, su humanidad y su compañía a lo largo de tantos años compartidos.

En esa sucesión de voces se fue dibujando una certeza: Cecilia Bayá Tiscornia no es solamente una docente que se jubiló. Es una figura entrañable de la educación de Río Grande. Una profesora que enseñó matemática, sí, pero que sobre todo enseñó con el ejemplo. Que sostuvo instituciones. Que acompañó adolescencias. Que ayudó a iluminar ideas y a formar personas. Que supo estar.

En definitiva, una de esas educadoras que no se retiran del todo, porque quedan viviendo en el recuerdo de sus alumnos, en el respeto de sus colegas y en el corazón mismo de la escuela y la universidad que ayudó a construir.

 

El legado de una educadora con alma: emotivo reconocimiento a Cecilia Bayá en el CIERG

 

El decano de la UTN Fueguina, Mario Félix Ferreyra, destacó la trayectoria, la calidez humana y el compromiso con la educación de la docente que dejó una huella profunda en generaciones de estudiantes y colegas.

En un clima cargado de emoción y gratitud, la comunidad educativa del Colegio Integral de Educación Río Grande (CIERG) despidió a la profesora Cecilia Bayá Tiscornia con motivo de su jubilación con la presencia del Vicedecano y Decano electo Francisco Javier Álvarez.

Ambos entregaron un presente a la profesora Cecilia Bayá, ante los alumnos y las familias.

Durante el acto de reconocimiento, el decano de la Facultad Regional Tierra del Fuego de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN), ingeniero Mario Félix Ferreyra, brindó palabras que reflejaron no solo el respeto institucional, sino también un profundo reconocimiento humano hacia la docente.

Ferreyra destacó, en primer lugar, la dimensión profesional de Bayá, pero fue más allá al poner en valor su calidad como persona. “Tengo un enorme respeto profesional por su tarea, pero mucho más por su altísima calidez humana”, expresó, subrayando además su firmeza y autenticidad: “Ha sabido ganarse su lugar expresando sus creencias con singular seguridad, oportunidad y transparencia”.

A lo largo de su intervención, el decano hizo hincapié en un rasgo que, según sus palabras, define la esencia de la docente: el amor por la educación. “Una cualidad sencilla, pero fundamental: el cariño, el amor por la educación”, señaló, al tiempo que remarcó que ese compromiso fue el motor que le permitió construir vínculos sólidos y duraderos dentro de la institución.

En ese sentido, Ferreyra describió el impacto transversal de Bayá en toda la comunidad educativa. No solo con sus alumnos —a quienes acompañó en distintos niveles de formación— sino también con sus colegas y autoridades. “Ha logrado tener un vínculo espiritual muy fuerte, no solo con los estudiantes, sino también con sus compañeros de trabajo y con nosotros”, sostuvo.

El discurso también tuvo lugar para la evocación de momentos compartidos fuera del aula, donde el decano apeló a recuerdos que pintan de cuerpo entero la personalidad de la docente. Con una anécdota vinculada a partidos de fútbol entre colegas y estudiantes, Ferreyra ilustró el carácter apasionado y comprometido de Bayá, incluso en los espacios informales. Entre risas y nostalgia, resaltó su entrega, su energía y su forma de vivir cada experiencia con intensidad.

Finalmente, el decano cerró su mensaje con un agradecimiento sentido, destacando el estilo de vida y la manera de expresarse de la profesora. “Seguramente todos los alumnos que ha tenido se llevan una parte distinta de su personalidad”, afirmó, dejando en claro que su legado trasciende lo académico para inscribirse en el plano humano.

La despedida de Cecilia Bayá no fue solo el cierre de una etapa laboral, sino la celebración de una trayectoria marcada por la vocación, el compromiso y una profunda huella en la educación fueguina. Su paso por el CIERG y la UTN deja una marca imborrable en quienes compartieron con ella el camino de enseñar y aprender.

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