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Patagonia sonora (Por Fabio Seleme)

En el primer capítulo de Moby Dick, Ismael, narrador de la historia y alter ego del autor, cuenta las razones que lo llevaron a embarcarse en la ya inmortal y trágica expedición ballenera del Pequod que relata el libro. Se listan allí, entre las razones, la abrumadora idea del gran  cetáceo, sus misterios y peligros, el atractivo de las cosas remotas, las costas bravas de los mares lejanos y desiertos a las que se viajaba en aquellas largas travesías. “Todas estas cosas, con las maravillas previstas de mil visiones y sonidos patagónicos, contribuyeron a inclinarme a mi deseo”, escribe Herman Melville. Si la previsión de imágenes maravillosas es algo natural y lógico tratándose de la Patagonia, la expectativa por sonidos dignos del mismo calificativo resulta algo llamativo, más recóndito y misterioso. Aunque, sin dudas, un lugar también está hecho de sus sonidos. En la percepción de un paisaje las sonoridades se asocian y entretejen indisolublemente, a través de la escucha y el tacto corporal, con lo que vemos. Aproximarse, entonces, al sentido confuso de ese detalle en la imaginería del personaje central de Moby Dick que trasunta la vivencia previa del autor de la novela, tal vez sea una buena forma de dilucidar en algo la experiencia sensorial audible de la Patagonia.

En ese sentido, la artística interacción de sonoridades que ocurre en una lejanía desolada donde muere en descenso la meseta, ofrece probablemente una buena oportunidad de leer adecuadamente la naturaleza simbólica de esos sonidos que cautivaron a Melville. En Bahía Bustamante, entre la Caleta Malaspina y el Cabo Aristizábal, el artista francés Christian Boltanski realizó en 2017 una intervención sonora llamada “Misterios” a la que filmó con varias cámaras. Artificio ficcional, el video se proyectó en un lugar ambientado para tal fin en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires en el marco de la Bienalsur de arte organizada por la UNTREF. La instalación permanece (hoy para nadie) en aquel lugar, a la deriva del tiempo y las corrupciones.

Bahía Bustamante es un punto de la costa chubutense equidistante de Rawson y Comodoro Rivadavia, en lo que solemos identificar con precisión geométrica (aunque desacertada por motivos geográficos y metafísicos) como el medio de la nada. Es allí, en una playa de conchillas crujientes entre rocas porfídicas, donde se erigen todavía sobre la costa tres grandes cornamusas de hierro de oscilaciones lentas y rechinantes que componen, junto con el suave ulular del dispositivo interno, la traducción del soplo del viento. El viento que va del desierto estepario al mar rugiente o el que viene del desierto líquido a la tierra, porque las bocinas giran 360 grados, y se ubican siempre de frente al viento gracias a sus dos alerones. Estas transcripciones de ida y vuelta entran en sintonía, mímesis y diálogo con el canto de las ballenas. La conexión con los míticos gigantes marinos no es arbitraria, porque la localización de la intervención la definió el hecho de que en aquella playa había varado el cuerpo inerte de una ballena Sei, y la osamenta de aquel cetáceo forma parte de la disposición escénica de la intervención artística.

Viento, mar y ballenas se anudan, en la obra de Boltanski, como una síntesis tentativa de la sonoridad patagónica. Pero es una síntesis de sonoridad que no plantea la cuestión en términos de la física de la propagación de una onda vibratoria en un medio aéreo o acuático. En la obra de Boltanski la sonoridad se realiza esencialmente en clave de lenguaje. Lenguaje sustraído del código, sin términos ni proposiciones. Abstracción mítica y poética sin metáforas que remite al secreto puro de lo que siempre nos permanece retaceado. Secreto guardado a cielo abierto en la desolación de horizontes infinitos.
Secreto del Koshkill, aliento de dios, árido, potente y frío que baja arrasando del cielo andino.

Secreto abisal de un mar azul insondable e infinito que se declama en repetitivo acertijo de voz ronca contra la arena. Secreto y profundidad de los cimientos del mundo navegados por las ballenas. Leviatanes temidos y divinidades adoradas. Monstruos y deidades del origen, el poder, la magia, el castigo, el renacimiento, la danza milenaria y la oculta consciencia emocional del mundo. Señoras de los tránsitos, que fueron del mar a la tierra y de la tierra al mar. Gran tótem maternal y superyó uterino de donde renació Jonás y del que nos libró Elal. La obra de Boltanski crea un gran juego de espiráculos. El de los metálicos y horizontales que
absorben el viento y lo expulsan con sordina y los de los cetáceos que verticalizan los chorros de vapor y agua resoplados hacia el cielo, nebulizando la atmósfera con sus pensamientos ancestrales mientras expiran sus lánguidos y lacónicos fraseos. Así, en el límite de las cosas y al borde de su desaparición, bajo un cielo traslúcido, el viento, el mar y las ballenas articulan un discurso preciso sobre el origen y fin de todas las cosas al que se asiste desde una lamentable incomprensión impotente. En las resonancias que se cruzan se levanta un abismo mítico de certezas inasibles y sentidos sospechados, que se arremolinan sin coagulación y nos obsesionan como a los personajes de Melville, peregrinos condenados en la búsqueda de sí mismos en el mar y tras sus bestias.

Se disfruta junto a la obra de Boltanski de algo que no puede comprenderse. Para lo que no estamos preparados. Y volviendo de aquella playa desolada de inmensidad natural sin registro, con los ecos de los irredimibles sonidos místicos y maravillosamente incomprendidos de la Patagonia, se está más cerca de convenir con el señalamiento que hace Alejo Carpentier en Los pasos perdidos: “Llego a preguntarme a veces si las formas superiores de la emoción estética no consistirán simplemente, en un supremo entendimiento de lo creado. Un día los hombres descubrirán un alfabeto en los ojos de las calcedonias, en los pardos terciopelos de
la falena, y entonces se sabrá con asombro que cada caracol manchado era, desde siempre, un poema.”

(*) Secretario de Cultura y Extensión de la UTN

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